GUÍA DE LA SEMANA SANTA DE SEVILLA

[La Hiniesta] Formación

22/10/2020

Fuente: Hermandad de La Hiniesta

 Como una casa sin ventanas

 

Para recibir a Dios y dejar transformar nuestro alma y con ello, nuestra vida, hay que empequeñecerse, hay que ser como niños. Es otra de las verdades evangélicas, frecuentemente olvidadas. Jesús lo proclama así en muchas ocasiones, es de sobras conocido el pasaje en el que el Maestro, al ser interrogado a cerca de quién sería el mayor en el reino de los cielos, toma a un niño de la mano; lo coloca en el centro de los discípulos y dijo que sería aquél que supiese humillarse como ese pequeño (Mateo 18 1-5).

Aquellos que la sociedad califica de inferiores, de forma vana, son -muy a menudo- los que tienen la mayor proximidad con Dios. Esto, que es uno de los anuncios más bonitos de la Buena Nueva del Evangelio; y que, debiera se ser una noticia extraordinaria que alumbrara nuestro corazón; es una idea, que -muy al contrario- no sólo no nos da el abrigo del consuelo o la luz de la esperanza, sino que llega a producir un hondo y secreto rechazo… Y nos preguntamos ¿por qué? La causa real reside en que el obstáculo que nos inoportuna y que disfrazamos, a veces, incluso a nosotros mismos, es que no queremos ser pequeños. Si nos paramos a pensar y a dejar que la semilla de la Palabra germine en nosotros, si permitiéramos que calara, entenderíamos que ese mensaje es uno de los más maravillosos que cada ser humano –micropartícula de polvo en el espacio- puede acoger. 

Ahora bien, renunciamos a él por otros valores… Ambición, soberbia, protagonismo, megalomanía, orgullo, codicia, narcisismo, altivez, egoísmo, prepotencia; un largo etcétera. No queremos ser pequeños, no nos gusta ser ese niño. Ansiamos estar entre los sabios y entendidos, y además estamos convencidos de poder estar, llegamos a creernos a nosotros mismos conocedores de lo indispensable, negamos lo insondable de Dios, y por ello, esa proclamación queda apartada en un trastero de nuestra conciencia, en algo arrinconado, que alguna vez leímos o escuchamos, y que nos hablaba –sin que prestáramos atención- sobre la salvación.

Nos mueven falsos estímulos, nuestra sed no se apacigua con el agua clara que emana de su Palabra, nuestros oídos no se centran en ella, nos distraen interferencias, habitamos falsos escenarios, y nuestro espíritu, nuestro ser en fin, no se abre… Nos convertimos en casas sin ventanas, inaccesibles al viento fresco de su sencillez, a la clara luminosidad de su entrega absoluta, a la pureza de su mirada. 

Debemos esperar a Dios con la inocencia de un niño, como el orto de un nuevo día, como presagio de la felicidad más completa, con la alegría diletante de un salmo nuevo. Él da el saber escondido a los corazones abiertos, traduce su idioma inaccesible a los sencillos y llena de ciencia exacta a los que aman: 

“Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”. (San Mateo 11. 28).

Y nosotros le responderemos con sus propia palabras:gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. (Mateo 11 25-30)

Carlos Castro Arroyo

Mayordomo Segundo

 

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