Aún están pelones los brazos de los plataneros de la Puerta de Carmona y transitan abrigados, por abajo, todos los cogotes rebozados en sus bufandas. Falta un siglo todavía para que empiecen a caer, desde sus copas, esas virutitas amarillas que le dejan a uno los ojos como a Schwarzenegger en Desafío total. Todo cuanto se percibe por allí es el kit completo de jaleos urbanos, sin romanticismos, sin ternura, carente del más mínimo envisperamiento y, en vez de ello, rechinante y desalmado. Pero es curioso, porque si uno entra en Luis Montoto preguntándose –como un moderno Jeremías– dónde narices estará la Cuaresma, al pisar las docenas de losas sueltas camino de los Caños y de San Benito, allá que de pronto suenan mágicamente las notas de Como tú ninguna. Algo parecido a la que lían Tom Hanks y Robert Loggia en la película Big con el piano aquel de suelo. Por supuesto, de esto no tenían ni puñetera idea los treinta extranjeros que a esas horas mañaneras, las once en punto, hacían ayer cola para entrar en el Salvador, ávidos de Barroco.

Para entonces, la plaza hacía ya tiempo que se había desperezado y el pobre Martínez Montañés, rodeado de furgonetillas de esas que transportan escaleras y rollos de goma negra, tenía toda la pinta de un gorrilla malencarado al que le hubieran negado la propina. Debían de ser vehículos de control de plagas porque había por allí rondando dos visitas guiadas. Pero con todo, el ambiente era apacible para lo que se estila en Sevilla –los gritos justos, un poquito de rotaflex cortando ferralla o lo que quiera que corte, gente apilando cosas…– y desde el flanco de Cuna y Córdoba subía un bonito aroma a incienso, especias y caramelo, procedente de las tiendecillas de la calle de las zapaterías. En esta, mientras la proverbial mesa de Fiances desplegaba su arsenal de olores semanasanteros por sus pequeñas chimeneas con forma de nazareno y sus sacos blancos repletos de jazmín, de rosa, de sándalo y de resinas de colores, unos paisanos con casco, chaleco reflectante y grúa se afanaban perpetrando sabe Dios qué mejoras por las alturas. Por entre unos y otros, como podían, se escurrían los transeúntes con sus bolsas, las mocitas con sus cinturones de esparto recién comprados y hasta dos paisanos con unos llamativos bártulos a quienes solo les faltaban los ropones bordados para anunciar un paso a la vuelta de la esquina. Por el lado contrario, en la esquina de Villegas, han colocado ya la señal que advierte: Atención motorista cera en el pavimento, letrero que bien mirado recuerda aquello que lamentaba Woody Allen: «Lo que más odio es que me pidan perdón antes de pisarme». Naturalmente, por aquí había más operarios. Pasó uno con un bocadillo tan bestia que se comprendía el que echaran una rotaflex en la furgoneta. Y en medio de todo aquello, enorme, rojiza y llena de palomas, la mole del Salvador.

«Mira, fíjate», le decía el capillita a su compañera, señalándole, entusiasta, los papelones de estraza manchurreados de cera al pie de la candelería flamante de uno de los palios montados. «¿Tú sabes por qué ponen eso? Porque se vierte cera derretida antes de ir metiendo uno por uno los cirios, y así, al endurecerse, actúa como un pegamento y ya los cirios se quedan firmes. Pero claro, siempre rebosa. Fíjate el papel». Y ella, puro estupor, se percataba de ello con la misma cara que habría puesto sir Charles Darwin si un monicaco de la isla Mauricio le hubiera ofrecido puros de contrabando.

Para entonces, los treinta forasteros hacía rato ya que habían entrado a hacer fotos y a despatarrarse por los bancos como si la fe pusiera moreno. Los esqueletos de los palios, dispuestos en formación bajo la soberbia arquitectura del segundo templo de Sevilla e iluminados de arriba abajo por la luz filtrada de las vidrieras, hacían pensar en una especie de Museo de Historia Natural a la sevillana, y los italianos y japoneses, entre que echaban una foto y preparaban la siguiente, los contemplaban como quien admira una especie desaparecida y majestuosa. Sobre el paso de plata de Pasión, la Custodia. «Está puesto así para que quede más bonito», explicaban las señoras de la puerta. Entre los retablos, las imágenes y los pasos, había una cierta probabilidad de éxtasis a la que contribuía la música sacra cantada, que metía en harina a los visitantes con sus sones conmovedores llamando al arrepentimiento y al gozo de Dios. Pero dos chavalitos pasaban de ese hilo musical y salturreaban sobre los charcos de colores que pintaban las vidrieras sobre las losas, con las mismas caras de felicidad con que aquellos dos hombretones de la película hacían sonar Heart and Soul con sus pies sobre el pianito de juguete. Corazón y alma. Todo lo demás son espejismos. Esquinas detrás de las que no hay nada.

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