No ha sido una Semana Santa mala en lo meteorológico, al menos si la comparamos con aquellas en las que ha habido varios días cerrados en agua. En este caso, no ha sido así. Tampoco ha sido buena si tenemos en cuenta otras de sol y altas temperaturas, como la de 2017. Y aunque el balance final lo hace cada cual según su propia visión, lo cierto y objetivo es que en la Semana Santa que dejamos atrás ha llovido, aunque no con fuerza. En más ocasiones de las que nos hubiera gustado hemos tenido que hacer uso del término sirimiri. Según el diccionario el diccionario de la lengua española, este vocablo alude a una llovizna muy menuda. Esto es exactamente lo que cayó durante la tarde del Viernes de Dolores o durante las primeras horas del Viernes Santo. Se trata de unas precipitaciones que no son abundantes ni caen con fuerza pero que, al final, pueden hacer el mismo daño que éstas primeras y provocar la suspensión de una salida.

El sirimiri, que proviene del vaco zirimiri, está cayendo cuando en Sevilla decimos eso de: «Ni está lloviendo, ni deja de llover». Esto es, una lluvia muy débil pero que es capaz de dar al traste con cualquier propósito de cofradía en la calle. El ejemplo más claro lo podemos encontrar en el pasado Viernes de Dolores, cuando casi la totalidad de las hermandades tuvieron que suspender sus estaciones de penitencia por culpa de eso, un incensante sirimiri, el mismo que cayó durante la Madrugá, que nos hizo temer por la noche más hermosa de la ciudad o, mejor dicho, por la culminación de la noche más hermosa de la ciudad que, de hecho, consiguió empañar.

Se incorpora a este diccionario un nuevo concepto meteorológico. Y es que, por estas fechas, los sevillanos somos expertos en meteorología.

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