Parecía que los árboles, aún huesudos, de San Juan de la Palma querían arañar el cielo para quitar con sus ramas alguna nubecilla que vagaba insolente por el firmamento. Un cielo que se iba apagando y que ya quería tornar en azul intenso para hacerse noche. Un crío se acercaba a la puerta cerrada a cal y canto constantemente. Su inocencia le llevaba a buscar un sonido detrás de esa puerta y poder descubrir así que se gestaba tras la madera.

Tras varios minutos de espera sobre la hora prevista, la cruz de guía de la Amargura apareció por el dintel de San Juan de la Palma. El nazareno que la portaba abrazaba la cruz con la misma ternura con la que Jesús guardó silencio ante Herodes.

Silencio. El público enmudeció al ver aparecer el primero de los pasos. Sonaba Tres Caídas de Triana con sones clásicos; sonaba Silencio Blanco. «No le echéis cuenta a la música hasta que yo os lo digo», dijo Manolo Villanueva a sus hombres. Y a la orden del capataz, el misterio dejó la cadencia propia de la maniobra de salida para recuperar el paso. El izquierdo siempre por delante. Siempre de frente, sello de la casa Villanueva.

Y es que, verdaderamente, el paso del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes es un barco que navega entre ríos de fe, fervor y emoción. Sentimientos que llenan San Juan de la Palma cada Domingo de Ramos. Será imposible olvidar esas escenas de la película Amargura, de Carlos Colón y Carlos Valera, en las que una cámara bajo el trono de Herodes mostraba el caminar de ese misterio que se perdió por la calle Feria a los sones de Santísimo Cristo del Amor, del padre del estilo de cornetas y tambores, Alberto Escámez.

El lorenzo seguía buscando refugio por el oeste. Poco a poco, la penumbra llegaba a la plaza. Los tramos del palio seguían saliendo y la oscuridad que iba cayendo hacía que los cirios, todos al cuadril, formaran una hilera de luz que conducía hacia la Virgen de la Amargura. La candelería asomaba por el dintel completamente encendida.

El azul cobalto del cielo hacía resaltar el color amarillento de la cera que iluminaba a la dolorosa, que se presentaba como un faro que guía en la noche a los descarriados. Sonaba Amarguras y el aliento quedó atrapado en un eterno suspiro, cautivado quizá por la enigmática mirada de una madre que pierde a su hijo. Una mirada que buscó aquella humilde mujer de edad avanzada, de cuyos ojos brotaban las lágrimas de alguien que entiende el misterio de la silenciosa mirada de la Virgen de la Amargura y que solo habla cuando San Juan de la Palma enmudece.

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