Respiramos sumidos en el vértigo que nos produce la velocidad aplicada a nuestra vida cotidiana. El tiempo que nos ha tocado vivir no admite pausas, ni tampoco distracciones. Suscritos a la caída permanente de valores, a la agudización de la iniquidad, del desaliento colectivo, de la crisis mundial de identidad, sin que los remedios pasen […]

Seguir leyendo esta noticia en El Muñidor