La guitarra sonaba al compás de bulerías. Los dedos del guitarrista arpegiaban las cuerdas rasgadas por el hondo flamenco que resonaba de la caja. De fondo, una voz levantó los corazones de un público que abarrotó el salón de actos del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla. El historiador y escritor Pablo Borrallo tomó la batuta de un acto cuyo hilo argumental era ver la Semana Santa como el sueño en el que vive un sevillano durante esos días; un sueño que dura una semana entera.

Los oradores Alberto Diago, Víctor Vázquez, Teresa Guzmán y el propio Borrallo recorrieron la Semana Santa de principio a fin, día a día, hermandad a hermandad. Poesía y música se mezclaban para evocar esas largas tardes en las que Sevilla se convierte en un «río de nazarenos». Entre verso y verso, saetas, sevillanas y marchas.

Los artistas Ángel Díaz, Lola Salazar, Adela Oliver, María López, María de los Ángeles Suárez, Margarita Ardana, Antonio Aguilar, Pepo Pizarro, Juan Carlos Domínguez, Juan José Suárez, Manuel Alcázar y Francisco Javier Montiel prestaron sus voces y sus manos para interpretar esa saeta que se queda grabada en un balcón o esa sevillana que aún resuenan en la memoria cofrade de esta Sevilla que reza cantando.

También se atrevieron a interpretar marchas cantadas, como Pasan los Campanilleros, de Manuel López Farfán; Caridad del Guadalquivir, de Paco Lola, o Nazareno y Gitano, de Pascual González y Antonio Velasco. Sin embargo, fue especialmente emotivo el momento en el que Víctor Vázquez se subió al atril a proclamar unos versos y se los dedicó «a una madre que comprende la mirada de la Amargura». Un «uf» recorrió la sala, pues todos sabían que se trataba de Patricia Ramírez, la madre del pequeño Gabriel Cruz.

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