Ángeles no puede hablar. Le comen las lágrimas. Arrodillada en el reclinatorio que corta el paso al altar mayor, reza en silencio mientras coge con fuerza la mano de su hija Rocío. Las dos llevan al cuello un cordón de promesa, similar al cíngulo que porta el Dios de San Lorenzo. A Él acuden en busca de misericordia. Independientemente de los kilómetros o autobuses que tengan que tomar para venir a verlo. En su camarín, en la Madrugá del Viernes Santo o, como este Sábado de Pasión, en el diálogo íntimo de la sintaxis del beso y la oración. «Cuando lo necesito, vengo a verlo. Es el único en el que confío. Cada vez que hay algo en casa, vengo a Él», se sincera esta vecina de Rochelambert, una de las primeras en acudir al besamanos del Señor del Gran Poder, que este año se ha adelantado un día respecto al calendario habitual.

Mientras que la cola empieza a crecer por la plaza de San Lorenzo, como un lazo de amor que hay que completar antes de entrar en la Basílica, el nudo de la emoción se agarra al estómago de Ángeles cuando revela el motivo de las oraciones que acaba de dejar en las manos del Gran Poder. «Me ha cumplido una promesa muy gorda con un primo de Valencia, que estaba muy enfermo y a punto de morir. Ahora, gracias a Él, se ha puesto bien». Esta misma devoción, que nunca se desliga de su cuello a modo de penitencia y entrega espiritual, es la que ha trasmitido a su hija y a su nieto, de sólo cuatro años. «En casa, somos todos del Señor. Es algo muy superior. No lo puedo explicar».

Por la rampa donde descienden quienes ha tenido la dicha de admirar su rostro, una joven pide permiso: «¿Puede pasar mi abuela, que tiene 90 años?». El hermano de traje de chaqueta que custodia esta salida, acompaña amablamente a María del Carmen y a su nieta, que han venido andando desde los dominios macarenos para firmar la concordia del pueblo llano. «Vivo en la calleParras y soy muy del Señor. Mira cuál es mi devoción», explica mientras saca del bolsillo un tarjetero trasparente con las estampas del Gran Poder y la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso.

En el otro lado del templo, en la mesa petitoria, una hermana va hilando con lazos morados el río de devotos que desembocan ante este Dios maniatado que viste la túnica de los cardos y porta las potencias de filigrana. «Señora, un pañuelo para el carmín de los labios», indica otra hermana con una caja de clínex en las manos para evitar el desgaste de la talla. Por megafonía, el director espiritual anuncian las horas de las misas «en la capilla del Sagrario», al tiempo que se insta a «acompañar a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y a no quedarse dormidos como los apóstoles en Getsemaní». Un recordatorio que es redundante estos días en San Lorenzo. Toda Sevilla se pone en sus manos.

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