Concepción Chaves lleva cinco meses yendo a diario al Hospital Infantil a cuidar a su nieta Natalia, de cinco años, paciente oncológica. «Todos los días, todos», dice, con un susurro cansado que parece que la vaya a dejar en los huesos. Por allí anda otra Natalia, pero esta ha acudido como voluntaria, y su estreno este Jueves Santo al cuidado de estos chiquillos le tiene los ojos que se le van a salir, de tanto como hay que mirar, que atender, que aprender. Otro voluntario, Antonio, que se hace llamar Marco en memoria de su padre, dejó una comida entre amigos en Huelva para no faltar a su cita de los jueves con los niños con cáncer del Virgen del Rocío. A su lado, en una cama enorme rebosante de cables y barandas, el pequeño Rafael, que presume de culé, juega no con balones ni juguetes ni consolas, sino con los regalitos, las pulseras y las estampas que acaban de entregarle los armaos de la Macarena. Es Jueves Santo y no importa lo que suceda en la calle. Todos los evangelios, todos los versículos, todas las levantás, todas las revirás, todas las saetas, todas las marchas, todas las penitencias, todas las lágrimas, todas las emociones, todas las flores que huelen y toda la cera que arde están en una pequeña salita que llaman colegio y donde un puñado de niños malitos tienen a Dios cogido por las barbas, mientras los hombres de la centuria, desarmados, no saben ya qué darles, si el casco emplumado, si la rodela o las mismísimas sandalias que les pidieran.

«Yo, todos los meses gano vida», dice ese Marco voluntario de Andex que no falta un jueves desde hace tres años; un tiempo en el que ha tenido ocasión de oficiar todo tipo de despedidas, dulces y amargas. «Tengo una edad que te hace reaccionar», dice. El lugar es, quién lo diría, una fiesta. Todo está repleto de cajas de juegos, estanterías con libros de apasionantes aventuras, pasitos de Semana Santa hechos por los chiquillos y distribuidos por las instalaciones como para dar la bienvenida a estos romanos a la sevillana que vienen a traerles buenas noticias desde arriba. «Mi Natalia dibuja de maravilla», dice Concepción. «Tiene su habitación llena de dibujos». Seguro que le da nuevas ideas para sus lápices de colores la visita de los soldados macarenos. Y mientras tanto, estos abrazan, besan, sonríen a los niños, se arrodillan ante ellos, les gastan bromas, hablan de fútbol y de cofradías, se hacen fotos con ellos, les ceden algo de su plateado atuendo de 14 kilos de peso y sobre todo les dejan claro dónde está la verdad de la buena, y adónde hay que mirar en este paisaje de excesos soberbios y de prioridades sin sentido que es la vida moderna. Seis autobuses especiales de Tussam, los seis que los llevan al Hospital, los recogen de vuelta y se los llevan entre aplausos. Los hombres del capitán Fernando Vaz y el teniente Manuel Ruiz Castro vuelven a la calle, que les queda por delante lo más grande. Bueno, lo más grande, no. Eso ya lo han hecho.

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