Caía la noche en Sevilla. En el ambiente se palpaba algo extraño. Santa Cruz ya había abandonado la Carrera Oficial y, justo cuando discurría por la Plaza Nueva, los cirios color tiniebla de los espigados nazarenos de Los Javieres continuaban transitando por los palcos de San Francisco. «Hay hermandades a las que le ha favorecido estéticamente y otras a las que no», comentaba un cofrade entre su grupo de amigos.

El debate ya estaba servido, pues resultaba muy difícil concebir este nuevo Martes Santo sin que la cerrara la decana de la jornada. A pesar de este halo de descolocación e indecisión que había generado el día, el crucificado de las Misericordias apagó todo debate con su luz. Apareció por Tetuán, iluminado por sus característicos candelabros de guardabrisas. Aunque el silencio no encontró hueco en Plaza Nueva, la presencia del Señor de las Misericordias despejó toda duda. No importa el puesto a ocupar cuando se trata de repartir fe.

Y allí, en esa fría y oscura madera clavada en el Monte Calvario, Gólgota en arameo, Cristo afronta sus últimos instantes de vida. «Eloí, Eloí, lemá sabachtani?», que significa «Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?». Jesús exclama, implora. También es hombre y siente miedo ante la muerte. Miedo que se palpa en un rostro de ceño fruncido y boca entreabierta.

A sus pies, la Virgen de la Antigua espera la hora nona. Rodilla en tierra, su mano sostiene un pañuelo que el aire logra mecer levemente. Durante la Carrera Oficial, el rostro de la Virgen de la Antigua quedó al descubierto a una mitad del itinerario común al que, normalmente, le permanece oculta.

El Señor de las Misericordias se perdió entre los árboles de Plaza Nueva mientras buscaba el Postigo. Por Tetuán llegaban los sones clásicos de Tejera. El impresionante palio de la Virgen de los Dolores se acercaba con la cera completamente encendida. La luz que despedía la candelería se reflejaba en los apliques plateados de las bambalinas, mientras el friso recortaba en el oscuro cielo una silueta añeja propia de siglos pasados.

Sonó Amarguras para deleite de un escaso pero selecto público que no quiso perderse la elegancia que cada año derrocha Santa Cruz por las calles de Sevilla. Los sones de la insigne marcha de Font de Anta resonaban por la entrada porticada de la casa consistorial en un momento que, en ocasiones, llegó a rozar lo mágico si no fuera por el excesivo ruido de un murmullo molesto de fondo.

A pesar de que Santa Cruz no ha cerrado la nómina oficial de este Martes Santo, para muchos sevillanos que saben apreciar los detalles quedará grabada en sus memorias la imagen del crucificado de las Misericordias pasando por el Postigo. De esta manera, en el público quedaba ya el regusto del ruán que, poco a poco, empezaba a abandonar la Plaza Nueva para continuar su camino. Porque todo pasó en un suspiro, ese con el que Dios murió por Misericordia para dar la vida al mundo.

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