Aún faltan catorce meses para que el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, que además es hermano mayor de la cofradía, imponga la corona sobre las sienes de la Virgen de los Ángeles a los pies del monumento de la Inmaculada Concepción, en la plaza del Triunfo. Sin embargo, en la hermandad de Los Negritos se han dado prisas para comenzar con «la dimensión caritativa» que traerá este feliz acontecimiento, anunciado para el 18 de mayo de 2019. Como se acordó en cabildo extraordinario, la obra social vinculada a la coronación irá dirigida a ayudar a la Fundación Onna Adoratrices, que trabaja a favor de las mujeres en grave riesgo de exclusión social provenientes de contextos de prostitución y de trata. Su tarea es facilitarles las herramientas y el acompañamiento en su proceso de liberación y de reinserción. Sin ni siquiera esperar a la conclusión del expediente, esta semana se han producido las primeras aportaciones a la obra. Ha tenido lugar durante el rito cuaresmal de la subida al paso del Cristo de la Fundación. La cofradía del Jueves Santo recibió a la superiora de la Comunidad de Religiosas Adoratrices de la casa de acogida y directora del Programa Onna de Sevilla, Milagros García López; y al grupo de jóvenes acogidas en la casa de Sevilla. La diputada de Caridad, en representación de todos los hermanos, les hizo entrega del resultante de los donativos de las papeletas de sitio de la salida extraordinaria del Cristo para presidir el viacrucis de la Pía Unión en la Casa de Pilatos, frustrada al final por las inclemencias meteorológicas del pasado día 2; así como de «una suma proveniente» del presupuesto anual reservado a obra asistencial de la hermandad.

Pregón 2018. Cuando el Dios universitario le regresó a Madrid

Quienes le conocen saben de su afición a los pregones de la Semana Santa. A escucharlos en el ya lejano Lope de Vega. Y también a leer y releer los textos editados en los libros que llenaban las estanterías de la biblioteca familiar. Como cofrade no suele faltar a esta cita del Domingo de Pasión. Este año también estará allí aunque no como mero espectador, sino como la persona encargada de anunciar lo que tantas veces le ha emocionado y otras tantas ha recordado en tertulias con familiares y amigos en aquellas noches de hermandad en las que ha crecido. José Ignacio del Rey Tirado no es mucho de atriles, aunque algunos –en concreto seis, entre exaltaciones y pregones– ha dado en los últimos 19 años. Su bautizo como pregonero fue en 1999 con el Pregón Eucarístico organizado por la hermandad de las Mercedes de Mairena del Aljarafe. Pasarían luego 14 años hasta que este abogado tomó de nuevo la palabra en el Pregón de la Semana Santa del Club Náutico de 2013. Le seguirían el del Círculo de Labradores y la exaltación de la Pura y Limpia, ambos en 2016; y, el de los Estudiantes de Madrid y la meditación del Stabat Mater del Cachorro, el año pasado. Lo reconoce abiertamente: lo suyo ha sido más de estar en el patio de butacas. De hecho, José Ignacio ya ha expresado su intención de cortarse la coleta esta mañana y no dar más pregones. Eso sí, a excepción de las meditaciones o exaltaciones que le pidan las hermandades. Y es que lo que mejor define al pregonero de este año es su compromiso con las cofradías. En especial con dos: El Silencio, donde el apellido familiar lleva más de tres siglos vinculado a la corporación de los Primitivos Nazarenos de Sevilla –amén de que en la actualidad su hermano Eduardo ostenta el cargo de hermano mayor–; y con Los Estudiantes, la otra gran devoción de sus padres y en la que José Ignacio se implicó desde una edad muy temprana a través del grupo joven. De hecho, entra en la junta de gobierno en 1992, coincidiendo con la Expo y la celebración del Santo Entierro Magno. En sus inicios, como secretario segundo de la cofradía universitaria, le tocó vivir de cerca el traslado a Madrid para su restauración del Cristo de la Buena Muerte y su estancia posterior de junio de 1994 a marzo de 1995. La tarea le llevó a pisar de nuevo la capital española donde había residido la familia hasta el verano de 1984. Quizás por eso en la memoria de todos está una fotografía en la que se aprecia a un jovencísimo José Ignacio, con sólo 21 años, junto al rostro del crucificado de Juan de Mesa en el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura de Madrid. Aquella misma devoción que le devolvió una década después a Madrid la llevará consigo cuando terminen los últimos acordes de la marcha Amarguras y, por una vez, se convierta en el pregonero que tantas veces ha aplaudido.

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