En una mochila de la Patrulla Canina iban contenidas las primeras emociones de un jovencísimo monaguillo de la cofradía de El Museo, que de la mano de su madre se adentraba tímido, quizá por primera vez, en la casa hermandad. Unos metros más arriba, en el balcón de la capilla, siete u ocho colegas de quinta hacían las delicias de sus padres y abuelos. «Jaime, Jaime», un familiar del infante llamaba incansable al pequeño para que enfilara su rostro en el ángulo propicio para que Jaime saliera pefecto en la foto. Pero nada. «Juan Francisco, Juan Francisco». El balcón se había convertido en un improvisado photocall para que los más pequeños de la cofradía lucieran sus galas para deleite de los mayores.

Ante esta imagen, el futuro de la hermandad parece más que asegurado. Ante las entrañables escenas la mejor testigo posible era María Santísima de las Aguas, que contemplaba por una rendija de una de las ventanas de la capilla a sus hijos reunirse un nuevo Lunes Santo alrededor de ella. La madre del Cristo de la Expiración hizo más corta la espera de los cientos de sevillanos que esperaban la puesta en la calle de la cruz de guía. Ella estaba allí, tras la puerta, pero no quería perderse detalle de todo lo que acontecía en la plaza que tanto ansiaba contemplarla.

Al corrillo de emocionados padres y abuelos se incorpora un nuevo miembro, que saluda de uno a uno al resto de miembros del grupito, «pero deja de saludar y mira a tu nieto, hombre», el que le reprochó era el abuelo de Jaime, que, ya sin disimulo, miraba boquiabierto a su nieto, peinado para la ocasión con una raya perfecta, sin error alguno. Parecía trazada con las misma reglas con las que los estadistas europeos trazaron las fronteras de los países africanos.

Mientras se sucedía el desfile de familiares con el móvil en la mano, los pequeños hacían de las suyas y lanzaban hierbecillas recogidas de una maceta a un hermano, ya con su túnica, que miró hacia el balcón más feliz que enfadado por la travesura.

Las nuevas generaciones vienen apretando fuerte, pero en el mundo de las cofradías la experiencia, como casi todo en la vida, es un grado. «Yo no sé que pasa contigo, pero con tu padre siempre cogemos un sitio perfecto en primera fila», le echaba en cara una señora al que posiblemente fuera su pareja. El hijo aún no ha aprendido las tretas de su mayor para situarse en el sitio perfecto para ver el paso de la cofradía.

Despacito, aparece por la puerta el Cristo de la Expiración. Mira hacia el cielo en una conversación íntima y sincera con su padre. Muy cerca de la Plaza del Museo hay un establecimiento de belleza, se llama Mírame. En uno de sus escaparates aparecía un eslogan con un sugerente mensaje: «Lo bonito no son los ojos, es la mirada». Podría ser un título perfecto para animar a las clientas a entrar, pero también una frase que resume a la perfección lo que transmite el crucificado con esa mirada que se eleva hasta la gloria eterna.

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