Un pececillo de trazo sencillo y de color verde, como el del palio de la Virgen de los Dolores, surcaba ayer la candelería de la dolorosa de Valencina de la Concepción en recuerdo del pequeño Gabriel. Ante Ella y cobijado por su mirada, que como Madre también sufrió el inconmensurable dolor de perder a su único hijo. Con el mensaje «Pescaíto en el cielo», dando luz de vida desde un cirio al rostro de la Virgen y a todos los devotos, en la penumbra de las calles durante la estación de penitencia de la hermandad Sacramental y de la Vera Cruz en Sábado de Pasión.

Apenas percibido, fue el detalle emotivo de una cofradía sobria y silenciosa, que hizo del luto riguroso la más solemne Semana Santa de esta localidad, que en este día empieza y acaba con su única hermandad de penitencia, envuelta en el gusto exquisito del aire añejo del cortejo y la corporación.

El muñidor, con su toque luctuoso, precedía a la cruz de guía y abría la procesión. Pasaban las ocho y media de la tarde cuando el Cristo de la Vera Cruz –en otro tiempo de la Sangre– hacía su salida desde la parroquia de Nuestra Señora de la Estrella con el tañido fúnebre de las campanas de su torre. Con los cuatro hachones de cera verde de las esquinas de su paso de caoba encendidos, fue recibido con el respetuoso silencio del numeroso público sobrecogido ante la prodigiosa talla. Solo el rachear de los costaleros por la rampa de madera que salva los escalones del templo ponía sonido al momento. Con un Cristo muerto en la cruz desde el siglo XVI –imagen atribuida a Juan Bautista Vázquez el Viejo– comenzó la procesión, acompañado por los luctuosos penitentes, nazarenos con túnica de cola de negro riguroso y cíngulo verde.

Las lágrimas de Nuestra Señora de los Dolores brillaban con los reflejos de la cera. La Dolorosa –del siglo XVII, de autoría anónima y cobijada bajo palio de cajón verde oscuro– salvó la complicada salida con el esforzado cuerpo a tierra de los costaleros, que con el descenso de la rampa y la marcha real se ganaron el aplauso del público. El fin del entarimado fue el cierre también de este paréntesis de emoción expresada, para continuar escribiendo con silencio y recogimiento el Sábado de Pasión. Estrenaba la hermandad el paso de la Virgen, desde las parihuelas hasta el palio, en el mismo color pero con las bambalinas delantera y trasera bordadas por las hermanas de la corporación.

Sábado de tregua entre un Viernes de Dolores que se cerró en lluvia y dejó a muchas hermandades de vísperas en sus templos y un Domingo de Ramos de incertidumbre ante una meteorología incierta, y con rachas de viento que hacían complicado mantener la candelería del palio encendida. Con ello la cofradía valencinera pudo completar su estación de penitencia, en una noche fría en la que no faltó público en todo el recorrido. En gran parte cofrades venidos de fuera, ávidos de cofradías y, sobre todo, de una tan especial como esta. Porque ancla sus orígenes en el siglo XVII, y a pesar de largos periodos de inactividad, nunca llegó a desaparecer. Revitalizada en los años 80 del siglo XX, primero con ambas imágenes en un paso y posteriormente en dos –como sigue–, la corporación ha rescatado y mantenido el estilo elegante de las cofradías añejas.

Como también hicieron gala de una exquisita compostura el centenar de nazarenos que componían el cuerpo de penitentes de la cofradía. Acompañaban el discurrir del Cristo, al que los murmullos de la espera recibían en su avance extendiendo como una ola de fe el silencio por todo el recorrido. Tras de Él, la Virgen. Consolada por la pureza del blanco del exorno floral, lloraba su pena con los sones de la banda de música de la Oliva de Salteras. Marchas fúnebres, desgranadas de forma magistral entre nubes de incienso y una pequeña multitud que aprovechaba las esquinas para deleitarse cangrejeando ante el palio, saboreando tal derroche de gusto para los sentidos.

Las farolas apagadas del casco histórico recibieron con la misma oscuridad de calles estrechas y recogidas a la cofradía con la que la despidieron al inicio de la procesión. Avanzaba la madrugada entre tinieblas cuando ya el cortejo rodeaba la plaza de Cristo Rey antes de dar por concluida la estación al entrar en la Parroquia. Una Semana Santa que concluyó apenas cinco horas después de empezar, pero que derrochó gusto y elegancia en la sobriedad de la muerte de Cristo en la cruz.

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