El Viernes Santo acabó de forma anticipada. Hubo que acelerar la entrada ante la amenaza de lluvia. Quedó el sepulcro cerrado en la caoba de la urna del Cristo Yacente, ante el llanto desconsolado de la Virgen de la Soledad bajo su negro palio. Pero la mañana de este domingo volvió a traer el sol, tornando las lágrimas de tristeza de la Virgen en llanto de alegría, porque Cristo resucitó en La Algaba.

Daba la medianoche cuando los primeros cohetes estallaban en el cielo algabeño. El pueblo y la hermandad de la Soledad se preparaban para celebrar la Resurrección. Las calles eran engalanadas con banderas, gallardetes y colgaduras en espera de la jubilosa procesión de gloria que inauguraría la mañana de este esperado domingo.

Es la de La Algaba una de las hermandades de la Soledad considerada como más pura, puesto que conserva las características definitorias de estas corporaciones: el Descendimiento –que celebran el Viernes de Dolores–, la procesión pasional el Viernes Santo con el Yacente en la Urna y la Dolorosa bajo palio, y la celebración de la Resurrección el Domingo de Pascua, con el Cristo Resucitado y la Virgen de la Soledad en representación gloriosa. A pesar de no provenir desde su fundación, ya desde el siglo XVIII se realizaban cultos en esta celebración, y desde el siglo XX La Algaba vive un día de fiesta el Domingo de Resurrección.

Y festivo era el ambiente, a pesar del viento frío de las primeras horas. Y como fiesta grande, todas las hermandades de la localidad integraban la primera parte del cortejo, representadas con sus estandartes corporativos. Antiguos hermanos mayores, el pleno municipal y el alcalde completaban el acompañamiento.

Pasaban las 11 de la mañana cuando el Santísimo Cristo Resucitado salía del templo parroquial entre aplausos, cohetes y los sones de la agrupación musical Nuestra Señora de Valme de Dos Hermanas. Sobre la roca del sepulcro, con el sudario de su mortaja sobre ella extendido, Cristo se alzaba triunfante, bendiciendo con la mano derecha y portando en la mano izquierda el estandarte de su resurrección, símbolo de su triunfo sobre la muerte. Es esta una imagen del círculo de Martínez Montañés y uno de los titulares de la corporación.

Tras el Resucitado, la segunda parte del cortejo se inició con el simpecado soleano. Las representaciones de los grupos jóvenes de las hermandades locales componían un alegre tramo. Niñas con cirios blancos y mujeres con mantilla blanca completaban la cofradía.

El sol resplandecía cuando la Dolorosa atravesó el dintel de la parroquia. En su paso de Viernes Santo sin palio, la Virgen de la Soledad –anónima del siglo XVI– dejó su luto para tornar en blancas sus vestimentas, cubierta por el manto burdeos –que alterna en esta salida con otro blanco–. Pronto las mujeres soleanas culminarán el pasado del bordado del manto antiguo para que lo luzca en esta procesión.

Entre rosas blancas y velas rizadas con flores de cera, la Virgen salía a celebrar este día festivo. El estallido de cohetes junto con la Marcha Real, interpretada por la banda de música Nuestra Señora de la Soledad, propia de la corporación, animó al numeroso público. Desde un balcón, una plegaria aflamencada, que en su estribillo repetía «Soledad, Soledad, Soledad guapa», consiguió arrancar encendidos aplausos. Los cascabeles de Pasan los Campanilleros alegraron el andar de la Virgen y el de la comitiva.

En la calle San Antonio fueron despedidas las representaciones corporativas. En un ambiente festivo continuó la procesión. La culminación, ya en la Plaza de España, llegó a la entrada en la parroquia. Una colorida petalada despidió a la imagen de Cristo Resucitado. Arropada por una masa de devotos, entre piropos y vítores, la Virgen de la Soledad llegó hasta la iglesia. De nuevo apareció la lluvia, pero la que no molesta y tanto gusta en este momento, la de pétalos como ofrenda a la Virgen. Y mientras, Ella lloraba. Pero de emoción y alegría por el amor de su pueblo y por el júbilo de la Resurrección.

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