La tarde de este Domingo de Ramos fue, sin duda, de contrastes. Si la mañana se levantó aciaga, gris y lluviosa, la tarde se presentó en forma de sol radiante e incluso sofocante. El viento ayudó a aliviar las temperaturas, aunque ello implicara un trabajo ímprobo de los encendedores. Así ocurrió en San Roque. Cuando las bambalinas asomaron por el dintel de la parroquia, el sol se hizo más brillante aún. Su reflejo en el dorado y minucioso bordado de las bambalinas inundó la plaza Carmen Benítez de una luz especial.

Sin embargo, hubo una luz mucho más fuerte aún. Una luz de la candelería de la dolorosa de San Roque que logró aguantar, al menos en los primeros compases en la calle de la cuadrilla comandada por Carlos Villanueva, el fuerte viento que soplaba en aquel punto de la calle Recaredo. Era uno de los cirios más cercanos a la imagen que tallara Sebastián Santos Rojas en 1958. La llama encendida en el pabilo consumía la cera poco a poco. Su frenético movimiento daba muestra del fuerte viento. Y ahí estaba la luz, luchando por mantenerse encendida.

Esa luz iba iluminando a la primera Esperanza que sale a las calles de Sevilla esta Semana Santa. Era la luz de los impedidos y los necesitados, que se dejaban embriagar por el olor a azahar y jacintos que desprendía el palio. Allí, en primera fila, frente a la puerta de la parroquia, se colocaron cuatro personas que, sentadas en sillas de ruedas, mantenían sus ojos abiertos de par en par. Ojos que buscaban cruzarse con los de la Virgen para contarle algún que otro secreto, para pedirle que nunca le falten la esperanza.

Las puertas de la parroquia se abrieron fiel a su cita con cada Domingo de Ramos. La banda de Pasión de Cristo, que acompañaba a la cruz de guía, interpretó el Ave María de Caccini. Un río de capas blancas y antifaces morados regaron de fe toda la calle Recaredo.

Pocos minutos después, la delantera del paso del Señor de las Penas asomaba por la puerta. Los rayos de sol otorgaban una entidad mayor al dorado de los respiraderos. La rocalla del canasto se mezclaba con el monte de claveles rojos creando una sensación de movimiento, el mismo que tenía la túnica de terciopelo del Nazareno que, silente y cabizbajo por la resignación, camina ayudado por Simón de Cirene.

La saeta de Manolo Cuevas arrancó lágrimas y aplausos por igual en la plaza Carmen Benítez. Mientras tanto, los costaleros al palo metiendo riñones. ¡A esta es! Y el Señor de las Penas inició la revirá que lo llevaría a encararse a la capilla de los Negritos a los sones de la marcha que le dedicara Francisco Javier Navarro Blanco, En tus Penas. Los sones clásicos de las cornetas y tambores de Esencia resonaban en la plaza, quizá con cierta nostalgia por aquellos sones macarenos de la Centuria.

Un hermano se situó junto al paso y no pudo contener la emoción. Este año, una lesión le ha impedido vestir el hábito nazareno. Sin embargo, aun sosteniendo su brazo en cabestrillo, la fe le empujaba a estar ahí. Porque, al final, la esperanza es lo último que se pierde, como ese cirio que no quiso sucumbir al viento.

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