Gallito y su madre Gabriela Ortega habían tenido una íntima vinculación con la hermandad de la Soledad que aún conserva unas enaguas regaladas por la matriarca de los Gallo. Pero la cofradía y la devoción de su vida siempre fue la Esperanza de San Gil, que le debe, en simbiosis con Juan Manuel Rodríguez Ojeda, algunas de las claves de su atavío. Joselito aún era novillero cuando se encerró en solitario en la plaza de la Maestranza para recabar fondos para algunos de estos proyectos. Parte de ese dinero sirvió para sufragar la fastuosa corona de oro realizada en la joyería Reyes. Gallito volvería a torear a beneficio de su hermandad, ya de matador, en la efímera Monumental de San Bernardo.

José, que había sufragado los candelabros de cola de Seco Imberg que completaba el fundamental palio rojo de 1908, también le trajo a la devoción de su vida las famosas mariquillas. Son joyas de cristal verde que participan del art decó de la época que el torero adquirió en una joyería de París. Con la corona de oro forma una trinidad estética en la que falta la pluma de Muñoz y Pabón. Se la entregó el famoso canónigo. Se la habían regalado en una cuestación popular en reconocimiento al artículo que publicó en las páginas de El Correo de Andalucía en torno al duelo y las exequias del que fue llamado Rey de los toreros. Muñoz y Pabón pegó un severo y desacomplejado repaso a la nobleza y la alta sociedad de la época que se había escandalizado por la organización de su funeral en la mismísima catedral.

Gallito había cedido también la primera Virgen del Pilar que figuró en la entrecalle del palio de la Macarena y delante de él, hablando con Juan Manuel, le preguntó cuánto valdría hacerle unos varales de oro. «Mucho, José», fue la respuesta del reinventor de la estética macarena. A Joselito le esperaba aquel mismo año una cita con la Parca en Talavera…

Rodríguez Ojeda vistió a la Macarena de luto a la muerte de José. Pero su vinculación no concluyó. En los años 30 se recibieron varios vestidos de torear para componer varias sayas y un manto para la sagrada imagen. Incluso llegó a circular una leyenda urbana en torno al incendio de San Gil, en julio del 36, que situaba el escondite de la Virgen en el panteón familiar de Joselito.

Perdido su templo, la Esperanza anunció el final de la Guerra en la iglesia de la Anunciación –exilio forzado por el fuego del odio– vestida con una saya blanca confeccionada con un traje blanco de Gallito, que fue guiado al más allá siguiendo la imagen de la Esperanza que Mariano Benlliure levantó –toda una elegía en bronce– en el impresionante mausoleo del cementerio de San Fernando. La junta de la época también decidió emplear las monedas de plata de un soldado caído en el frente para hacer la actual imagen de la Virgen del Pilar. La pluma de Muñoz y Pabón, aquellas mariquillas art déco y la corona de oro siguen recordando la memoria del coloso de Gelves.

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