Su tambor se ha hecho tan famoso en Sevilla durante el último medio siglo que el año en que le desapareció después de un ensayo hubo llamamientos en la radio para tratar de localizarlo y hasta «el grupo 9 de la Policía» colaboró en su búsqueda. «Aquello debió ser el año 85. Me lo quitaron después de un ensayo y nunca más apareció». José Hidalgo López (Sevilla, 1949) cuelga definitivamente el tambor. «Lo dejo, lo dejo. ¿Qué voy a hacer? ¡No voy a tocar por ahí! Es una pena». El redoble de Hidalgo, nominado a convertirse en patrimonio inmaterial de la hermandad de la Macarena, apaga su voz. El hasta ahora director de la Centuria nunca más pondrá sus sones a ningún paso, ni se vestirá más de músico, ni volverá a enfundar su inconfundible figura en la coraza de armao que tantos años le protegió del frío en las Madrugás.

«Harto de muchas cosas», Hidalgo ha decido poner punto y final a sus 50 años como integrante de la Centuria Romana Macarena, formación en la que aterrizó en el año 1968 y de la que ejerció como director desde sólo una década después. «El hermano mayor siempre me ha ofrecido su apoyo, pero no estoy de acuerdo con algunas cosas. Son otras personas, otras ideas… No estoy contento con dejarlo… pero para estar sufriendo… Va ser muy duro».

De mutuo acuerdo con la junta de gobierno, Hidalgo cuelga el tambor para hacerse cargo de la dirección de la banda juvenil de la Centuria. «Iré acompañando a los niños por fuera y punto. No sirvo para salir con un traje delante de la banda y no ir tocando el tambor. Eso no es lo mío». Pero a la hora de entonar el adiós, este vecino de Las Letanías sólo tiene palabras de agradecimiento: «A Sevilla por haberme dado tanto cariño y a todas las hermandades en las que he salido y que tan maravillosamente bien se han comportado conmigo y con la hermandad de la Macarena».

Cabo tambor de la Centuria y premio El Llamador de Canal Sur Radio en 2013, Hidalgo demostró ya desde la más tierna infancia sus dotes para la percusión. Aquel niño nacido en el número 78 de la calle Relator y bautizado en San Gil «delante de la Macarena» aprendió a tocar el tambor golpeando con los palos del reposapiés de una vieja silla el reverso de «las latas de cinco kilos de manteca Arias» que, una vez consumidas, le regalaba el tendero del barrio. «Fíjate si había hambre entonces que al llegar a mi casa buscaba un soplete para encender la cocina de carbón y rebañar en un cachito de pan la mantequilla que quedaba en las costuras de la lata. Luego le abría dos agujeros, les metía una guita y me colgaba la lata de la cintura».

Con sólo 6 añitos ya fue elegido como «cabo tambor» de la banda del colegio Padre Majón. «Ahí coincidí con Manolito Tejera. Por entonces le tocábamos el himno a la bandera para subirla». Y luego saltó a la banda de la Giralda, cantera de músicos de la Centuria.

Con su hijo

Uno de los recuerdos más hermosos «y a la vez más amargos» de sus años como director de la Centuria fue el de esa Madrugá en que su hijo José Antonio se convirtió a sus 8 añitos en «el primer niño que salía de armao tocando en la Centuria». Ya eran dos los tambores en casa. «Después de tenerle la ropa de armao lista desde un mes y medio antes, el Lunes Santo, tocando en Las Aguas a la altura de la calle Arfe, me comunicaron que la junta había decidido que el niño no podía salir. Entré en Campana llorando a lágrima viva». Una conversación con el entonces hermano mayor macareno, José González Reina, «todo un señor», sirvió para arreglarlo todo.

Hidalgo mira el retrovisor y añora esos tiempos en los que su banda «tocaba todavía más clásico». «Ahora hay mucha palillería, mucha tontería y mucho bombazo», dice. Si se le pide que se quede con una marcha del repertorio más clásico, apuesta por Consolación y lágrimas. Detesta los nuevos arreglos de algunas de las marchas del estilo de la Policía Armada. «Eso es como si coges Amarguras y le empiezas a hacer arreglos». Y no ve con buenos ojos el desembarco en Sevilla de otras bandas andaluzas. «El Consejo de Bandas tendría que poner pie en pared con esto. Es una pena que nuestras bandas se tengan que ir a los pueblos».

A sus 73 años, Hidalgo, toda una institución en Sevilla, silencia el parche de su tambor. «Lo pondré en el pequeño museo cofrade que tengo en mi casa, con los pasitos del Señor de la Sentencia y de la Macarena que daba El Correo de Andalucía». Poco le importa al bueno de Hidalgo que su inconfundible redoble pueda pasar a engrosar el patrimonio inmaterial de la hermandad de la Macarena. «No sé ni qué es eso del patrimonio inmaterial. Para qué te voy a decir otra cosa…». ~

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