Entre las tradiciones de la Semana Santa fuera de las horas de procesiones encuentran un lugar destacado las visitas a los templos. Estas presentan casi las mismas modalidades que la contemplación de los pasos en la calle: las hacen los jartibles más jóvenes por su cuenta, solos o en pareja (en trío, a lo sumo, porque una expedición mayor dificultaría la agilidad y la operatividad de la misión); otros van en familia con fuerte protagonismo infantil, en una ceremonia didáctica de esas que hacen o refuerzan la afición; en algunos casos son personas mayores que acuden a la iglesia del barrio a cumplir con su Cristo o con su Virgen. Por lo común, es norma no escrita acudir con extrema corrección en el vestir, particularmente el Domingo de Ramos, lo cual no significa que empiecen a realizarse precisamente este día: ya desde al menos una semana antes, con el día del pregón como pistoletazo de salida –el domingo anterior a la Semana Santa–, es frecuente observar las colas de paisanos decorando las aceras bajo los naranjos a la espera de entrar a ver los pasos ya total o parcialmente montados. Sí, colas, porque en algunos casos la presencia humana alcanza niveles multitudinarios. Para muchos cofrades, bien por algún impedimento de salud, por trabajo, por no querer meterse en bullas luego al ir con niños o sencillamente para no sufrir el agobio de la marea humana bajo el tórrido solazo sevillano, es la mejor manera de ver las imágenes, reparar en los detalles de las flores, la cera, los estrenos. Los templos los reciben con música sacra o sin ella, en un ambiente festivo o luctuoso, pero si algo se puede considerar una constante es la mesita instalada cerca de la puerta donde hermanos de la corporación ofrecen estampas, lazos, medallas, broches y otros recordatorios que los visitantes lucen a cambio de un donativo como pequeñas y coloridas condecoraciones por su fervor.

Sigue leyendo esta noticia en la Web de El Correo de Andalucía