El Salvador, en Sevilla, son dos realidades anexas: una iglesia y la plaza que esta preside. Es uno de esos lugares por los que hay que pasar obligatoriamente en Semana Santa, por los que pasan y por los que entran y salen cofradías, amén de ser lugar de cita y de descanso, espacio de tránsito para quienes acuden a presenciar las procesiones. El segundo templo hispalense en importancia, tras la Catedral, acoge en sus portentosas entrañas las imágenes titulares de dos cofradías principalísimas de la ciudad: el Amor y Pasión; la primera, dividida en dos comitivas –La Borriquita sale antes para beneficio de los niños que con ella desfilan y de los padres que los acompañan todo el recorrido–, abre y cierra el Domingo de Ramos, mientras que la segunda es el broche que engarza la solemnidad del Jueves Santo con la magia de la Madrugá. Esa rampa que permite a los pasos salvar las gradas de la iglesia es, por cierto, uno de los iconos más recurrentes del atrezo sevillano en tiempo de procesiones. Y luego, la plaza: las tabernas y terrazas que en ella se concitan convierten en una fiesta las mañanas de primavera, animada además por quienes acuden a ver los pasos ya montados en el interior del monumento… y por las palomas que revolotean como si no quisieran perderse tampoco estos momentos señalados. Tras salir La Paz en su barrio, el Salvador abre oficialmente la Semana Santa en el centro con la Entrada en Jerusalén… y a partir de ahí, La Amargura, El Amor, San Pablo, Vera-Cruz, San Vicente, La Sed, San Bernardo, El Buen Fin, La Lanzada, Los Panaderos, Los Negritos, La Exaltación, El Valle, Pasión, El Silencio, La Macarena… Y para quien necesite más, la Giralda al fondo y la mirada severa de Martínez Montañés desde su pedestal.

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