La cuenta atrás del tiempo de víspera, los días de la llamada semana de Pasión, tienen una serie de ritos de incalculable valor que se repiten en el interior de cada templo de la ciudad. Son jornadas de ultimar vestimentas de las sagradas imágenes, de preparar las flores que perfumarán los pasos, de darle un repaso y apretar tuercas y tornillos y hasta de fundir los últimos codales de cera para iluminar al Señor y la Santísima Virgen. Cuando todo esto termina, cuando el trabajo parece listo y a punto para que llegue el día de la estación de penitencia, las hermandades realizan una prueba que tradicionalmente se viene a llamar retranqueo. Y aunque entendido como modificar su ubicación puede tener varios significados en el mundo de las cofradías –se puede retranquear una candelería, un altar, unos bancos, etc.– la definición más común y generalizada de todas es aquella que hace referencia a la prueba que se realiza con los pasos ya montados, en los días previos a la salida procesional, con el objetivo de comprobar si el montaje de todas las piezas es correcto y si por tanto están listos para pasear por las calles de Sevilla. Una prueba que encoge el alma a los priostes, responsables de que todo se desarrolle sin inconveniente alguno, pero que cuando termina calma y relaja definitivamente a estos oficiales de las juntas de gobierno tras toda una Cuaresma de intenso trabajo. El retranqueo suele ser especial por varios aspectos que lo caracterizan. El primero de todos porque se celebra, habitualmente, muy próximo al día de la estación de penitencia y, por tanto, se entiende como paso previo, como el último eslabón, a la añorada salida. También es destacable el ambiente en el que se desarrolla. Normalmente, salvo contadas excepciones, suele ser un acto que se celebra a puerta cerrada –no todas las hermandades lo organizan– y en un ambiente de cierta intimidad que lo dota de un carácter muy especial. Siempre, eso sí, en el interior de los templos puesto que se hace con las sagradas imágenes ya colocadas en su lugar. Para llevarlo a cabo, las hermandades citan al capataz y alguna de sus cuadrillas de costaleros que dan dos o tres levantás y avanzan un par de chicotás para culminar con éxito la prueba y colocar los pasos en su ubicación definitiva.

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