Todos los cofrades, especialmente de niños, se han acostado oyendo perfectamente el bombo de una banda de música cofradiera. No estaba pasando por debajo de su ventana en ese momento, ni era un disco sonando en la habitación de al lado; tampoco se trataba exclusivamente de una invocación de la memoria como otra cualquiera, un sonido que se imagina y ya está, sino de algo más, una especie de recuerdo activo, un eco como el de esas caracolas que suenan a mar porque no pueden sonar a otra cosa. Hay conceptos sutiles difíciles de nombrar, pero que forman parte igualmente de la enciclopedia emocional de la Semana Santa, con el mismo derecho que los nazarenos, los cirios y las marchas procesionales. En este caso, el término podría ser lejanía, pero también cabría denominarse de otras varias maneras. Por un lado, tiene que ver con el recuerdo, como ya se ha descrito; por otro, es un fenómeno de pura anticipación, en el que la mente imagina que a la vuelta de aquella esquina acaban de levantar un paso o se acerca una cruz de guía porque lo ha oído, cuando solo se trata de lo que espera oír, de un espejismo auditivo que sufre alguien sediento de vivencias. Una tercera forma de entender esta palabra, aplicada también a la pasión cofradiera, es la de ese sevillano que efectivamente percibe un rastro sonoro o visual, algo que está ahí indiscutiblemente: unas candelillas a lo lejos, un leve susurro repetitivo que viene del puente y que trae, con él, un poco de brisa de agua dulce y olor a mimosas y a jazmines, y ese pequeño estímulo se le clava en la memoria para los restos. Cuántas docenas de veces se habrán aligerado los pies atraídos por una de estas llamadas, reales o imaginarias, desde la lejanía.

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