Todo el mundo, cofrades y no, admiramos la obra de arte bien hecha, terminada, expuesta al público y sometida a juicio, valoración y devoción. Bastantes menos son los que conocen los pormenores del proceso escultórico o de restauración. Y en ambos, el estucado en uno de los momentos más comprometidos, por cuanto que es el paso intermedio antes de comenzar la policromía. Para poder llevar a cabo esta fase del trabajo, el escultor o imaginero debe preparar la talla para recibir la pintura, ya que no se puede pintar directamente sobre la madera, ya que al ser esta una superficie llena de poros se absorbería la pintura inconvenientemente, lo cual impediría una correcta fijación de la misma. Además la madera tiene una serie de movimientos naturales que hace que se contraiga y se dilate y con el paso del tiempo, si no se controlan, harían que la policromía acabara por resquebrajarse.

Esta fase es a la que damos el nombre de estucado. De una forma más práctica, podríamos decir que esta consisten en un aplicar una primera capa de yeso que se añade a la madera previamente tallada y que nos permitirá luego pintar sobre ella con seguridad. La base del estuco es el sulfato de cal, una de las múltiples variantes del yeso. Este se mezcla con cola y agua para formar la masa. Para preparar la mezcla se emplea habitualmente un recipiente de cinc, en el que se calienta la cola al baño maría hasta que se funde y posteriormente se va mezclado con el sulfato de cal y el agua. Toda la superficie de la talla que va a ser policromada debe quedar perfectamente estucada. Para lograrlo, el imaginero va repasando con enorme meticulosidad todos los rincones que posee la imagen, entre capa y capa aplicada. El estuco además brinda una textura lujosa, suave y brillante, sobre la que puede aplicarse cualquier tipo de pintura.

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