Borriquita es una palabra que, por múltiples razones, genera un enorme bienestar cuando la pronuncia cualquier cofrade. Con ella empieza todo el Domingo de Ramos, en la Plaza del Salvador, generalmente bajo un sol reconfortante. Es el nombre con el que se conoce popularmente a las cofradías y hermandades de la Semana Santa en España que desfilan el Domingo de Ramos representando el episodio evangélico de la entrada de Jesús en Jerusalén. Écija, Estepa, Sanlúcar de Barrameda, Almuñécar, Zamora y hasta Andorra tienen una corporación idéntica a la sevillana. En Híspalis esta se fundó a finales del siglo XVI por los medidores de la Alhóndiga. Se fusiona en 1618 con la hermandad del Amor, que la incluye en su cortejo. Y sería en 1970 cuando se optó por desdoblar la cofradía, pasando la Borriquita a ser la primera hermandad del Domingo de Ramos, toda vez que es la cofradía de los niños y la primera que pide la venia en la Campana.

Con la Biblia en la mano es completamente explicable que fueran los animales más humildes que sirvieron al Señor los que fueron también sus preferidos. Un asno le salvó la vida en la huida a Egipto, y sobre una borriquita entró en Jerusalén para ofrecernos su muerte redentora. Los evangelistas que contaron su relato dijeron que el borrico «nadie lo había montado todavía», pero no dicen nada de qué hicieron los discípulos después de la entrada triunfal en Jerusalén. Además, los Evangelios apócrifos hablan de «un borrico atado», mientras san Mateo se refirió a «una borrica atada con su pollino». También se desconoce cuál era el sexo del animal, aunque en las procesiones se ha popularizado el femenino (Borriquita en Andalucía, Borriquilla en ciudades al Norte de Despeñaperros). Y nunca tuvo nombre, seguramente si lo tuviera le habría echado la zarpa en popularidad al mismísimo Platero.

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