Un poner, Domingo de Ramos, acaba de ver La Estrella salir en San Jacinto y tiene el tiempo contado para llegar nada menos que a la Plaza del Duque para seguir por todo lo alto el día más grande del año. Le hace falta, en ese caso, un atajo. Pero estos no están al alcance de todo el mundo, claro. Por el camino dejará a los turistas despistados, a los capillitas ensimismados, a los que se dejan mover por la bulla como quien se deja mecer por la marea y a quienes priorizan el manchado y la torrija antes que la próxima cruz de guía. La Semana Santa está llena de atajos, esos que tiene mentalmente instalados en su GPS personal y ante los que no tiene que consultar ningún dispositivo móvil para encontrarlos. Esas calles, casi siempre menudas, angostas, por las que solo pasa en la tarde del Martes o el Jueves Santo; esos atajos que, en la mayoría de los casos, son más bien rodeos que permiten al cofrade zafarse de las mayores aglomeraciones y de las riadas de capirotes. La sensación de estar dando el triple o el quíntuple de pasos de los necesarios pero poder caminar es casi tan reconfortante como coger primera fila en la salida de una cofradía. Los árabes, que tanto bien hicieron en el callejero hispalense, trufaron el viario de callejuelas que permiten ir de un lado a otro evitando las vías principales. Muchos son los que se perderán por el camino, los que se despistarán con cualquier cosa, pero solo los cofrades con pedigree saldrán del laberinto y cogerán mejor sitio que nadie.

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