«¿Eso es El Cerro o Los Javieres?». Es difícil confundir uno y otro cortejo y esta pregunta oída ayer en García de Vinuesa a media tarde –mirando hacia la Puerta del Arenal– podría parecer fruto del desconocimiento aunque en realidad se trata de la dificultad para orientarse en una jornada en la que participaban las mismas hermandades que cualquier otro Martes Santo pero organizado al revés, a la inversa: la Carrera Oficial empezaba en la Catedral, donde el Consejo había trasladado el palquillo, y terminaba, tras hacer el recorrido completo a la inversa, en la Campana. Y si atendemos estrictamente al cumplimiento de los horarios, todo salió a pedir de boca. Pero el público necesitó como nunca consultar el programa de mano: cambiaba el orden de los cortejos y los recorridos, al hacerse a la inversa e incorporar algunas alteraciones o novedades, como en el caso de El Cerro, precisamente, que estrenaba paso por el Arenal.

Frente a la Puerta de Palos, Antonia García Ruso no quería perderse puntá. Lleva 40 años con las sillas en la plaza Virgen de los Reyes, heredadas de su familia. «Al principio las teníamos en el lateral, pero con el reajuste nos colocaron aquí –en primera fila y frente por frente a la puerta–». Con su hijo y su hermana, Antonia había adelantado el horario de toda su jornada para llegar a tiempo. «Hemos comido ya en el Centro», en la calle, para asegurarse que presenciaban la entrada de la cruz de guía de El Cerro en esta jornada histórica. Porque es habitual que esta hermandad busque la Campana por esta plaza, pero no que lo haga entrando en la seo. Así que ayer, en lugar de buscar su sitio a las 17.45 horas, ya estaban sentados a las 15.45 horas.

Pero Antonia y su familia eran de los pocos que ocupaban sus abonos a primera hora de la tarde. «Normalmente para la primera cofradía siempre hay poca gente: muchos vienen de lejos, cuesta trabajo aparcar y la gente va llegando poco a poco». Así, en los asientos al sol no había un alma. En el resto de la plaza, poco a poco se fue llenando sobre todo porque los cofrades ávidos de presenciar este momento histórico –porque era la primera vez que ocurría y, probablemente la última: el Consejo ya dejó claro en su momento, y el presidente lo recordó ayer al principio de la jornada, que el acuerdo de los hermanos mayores solo tenía aplicación por este año–. Muchos bromeaban: «Si llego a saber que iba a haber aquí tantos fotógrafos me peino». Y es que este punto pocas veces ha despertado tanto interés informativo, centrado sobre todo en la Campana.

En el interior de la Catedral no quedaba una silla libre al paso de San Esteban. Una cuadrilla de niños llegados del Cerro, con menos de 10 años, sentados en el suelo, miraban a través de las vallas el desfilar de las hermandades ante la Capilla Real. No notaban grandes diferencias porque era la «primera vez» que las veían allí, aunque sabían que normalmente iban en sentido contrario. Lo bueno era que las veían mejor porque les pillaba de frente.

La Avenida y los palcos se fueron llenando con la cadencia habitual pero en una hora más temprana. El aliciente de verlas pasar en sentido contrario, se compartiera o no la decisión, motivó a muchos abonados a llegar con tiempo. Pero el público fue decayendo tras el paso de la Candelaria. El frío y el cansancio iban haciendo mella, como ocurrió en la Campana. «Cuesta acostumbrarse verlas al revés», comentaba Carolina, abonada de la Avenida.

Desde dentro de los cortejos, pese a las carreras que se tuvo que dar el diputado de banda del palio de los Desamparados, que lo tenían ya agotado al llegar a la Catedral, todo era satisfacción y normalidad. Basilio García, costalero del Señor del Desamparo y Abandono de El Cerro, dejó el misterio poco antes de que entrara por Palos y se iba presto al relevo en el Banco de España, aunque, soñaba sobre todo con hacer el Postigo: «Aunque la cofradía no cambie el ritmo, las calles son más estrechas y creo que nos arropará el público», así que poco le importaba el calor de las primeras horas de la tarde.

En cualquier caso, la pregunta más habitual en las sillas era: «¿Cuál viene ahora?» porque, con el cambio de orden todo el mundo decía estar «echo un lío».

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