La primera felicitación (y la que siempre recordará) fue la que recibió al poco de abandonar el atril, ya de vuelta a los camerinos. La pequeña de sus tres hijos, María de la Concepción, se abrazó a él rodeándolo con sus pequeñas manos mientras que le repetía emocionada «muy bien, papá; muy bien». Le siguió su otra hija Esperanza Macarena, la mayor, a la que terminó abrazando igualmente mientras que las cámaras de los periodistas iban captando la llegada de las autoridades desde el pasillo que da acceso al escenario; y la de familiares y amigos que venían del patio de butacas y que ansiaban darle la enhorabuena por el pregón de la Semana Santa que acaba de dar, con «bando» incluido para volver a tomar las calles, especialmente la próxima Madrugá tras los incidentes del año pasado.

Al filo de las tres de la tarde, José Ignacio del Rey Tirado era «el sevillano más feliz de la ciudad» como advirtió el alcalde Juan Espadas y como, tras darse una ducha y cambiar el chaqué por un traje gris, confirmó el propio pregonero ante la atenta mirada de su esposa, Antonia, y de su pequeña, a quien entregó el pregón y sus pastas en un primer momento: «Ahora mismo estoy muy contento, tranquilo y feliz de haberlo soltado. Estoy satisfecho porque el pregón que quería hacer, es el que he hecho». Pese a que los primeros halagos eran de los suyos, entre los que estaban cofrades de Los Estudiantes y El Silencio, también le llegaron los de antiguos pregoneros: «Me han dicho que se han emocionado. Eso me ha llegado».

Sin pausa ni para una parada en algún bar del Arenal, las tertulias pos pregón se trasladaron inmediatamente al almuerzo-homenaje del Real Alcázar. En los postres llegaron los discursos y, con ellos de nuevo, los agradecimientos. En primer lugar, Eduardo del Rey Tirado. Como hermano, «el mayor, de la casa del pregonero», recordó las palabras que les decía su madre cuando llegaban con «alguna mala nota» del colegio: «Hay que ir limpio, vestido, comido y peinado». Como pregonero de la Semana Santa de 1999, le dijo lo siguiente: «Has llegado al atril limpio, vestido, comido y peinado. Has anunciado la Semana Santa íntegra, siguiendo las últimas horas de Jesús». Por último, en calidad de hermano mayor del Silencio le dio las gracias «por defender la dignidad de las cofradías, incluidas las de los barrios periféricos».

Fue lo mismo que resaltó el presidente del Consejo de Cofradías, Joaquín Sainz de la Maza, en su intervención: «Nos has recordado cuál es el sentido último de la celebración por encima de opiniones de horarios e itinerarios que, a veces, nos entretienen». O el hermano mayor de Los Estudiantes, Jesús Resa, que reconoció muchas de las anécdotas referidas en el pregón: «Me he sentido muy identificado porque las he vivido con él al ser más o menos de la misma quinta».

Pero José Ignacio del Rey se reservaba una última confidencia para el Salón de los Tapices. «Lo de hoy ha sido un sueño. Como en las películas americanas, ha sido el sueño de un chaval que cada Viernes de Dolores viajaba con su familia en talgo para bajar a Sevilla y vivir la Semana Santa». Por ello, como aclaró, escogió los compases de la marcha Suspiros de España, que, además de ser interpretada a la Macarena en la extraordinaria del cincuentenario de la coronación en la plaza de España en 2014, les recordaban que, «como aquellos emigrantes», su familia «volvía a vivir en Sevilla» en el verano de 1984. El último billete del talgo que cogieron sus padres para venir a esta ciudad lo recibió el día anterior de manos de un familiar como «última estampa» de todas las de cristos y vírgenes que ha ido «atesorando con cariño en estos últimos seis meses». Por todo ello, y aunque le siguen «delatando las ‘s’», este abogado de 45 años declaró su amor a la ciudad, a la que se siente «muy agradecido»; y a la hermandad de Los Estudiantes, «mi gente», que, a través de la pulsera Yo soy de Los Estudiantes que llevaba anudada Espadas en su muñeca, hacía extensible al resto de la ciudad. «Ahora nos toca demostrar lo que somos las cofradías y lo bonito que es nuestra Semana Santa», arengó.

Un encargo que se sumaba al de reconquistar la Madrugá, que aplaudieron con entusiasmo el alcalde y el arzobispo de Sevilla. «Como te agradezco el mensaje tan claro, de cofrade a cofrade, qué ya está bien de incertidumbres. Que la Semana Santa será lo que queremos que sea los sevillanos. Sin miedos. Gracias por ese bando porque hoy tú también has sido gobierno de la ciudad», subrayó Espadas. Asenjo, por su parte, calificó este pasaje como «el clímax» del pregón, «una apelación oportuna e importante para no dejar perder la Madrugá». Le agradeció además las menciones al Seminario y al venerable Miguel Mañara, «una gloria de Sevilla, poco conocida» para el que pidió «rezar para obrar el milagro» de su subida a los altares.

Por poner un pero, Asenjo hizo referencia a la duración del pregón: «Esta noche, cuando rece al Señor, le pediré que absuelva a José Ignacio del Rey de los 40 años de purgatorio que le corresponden por haber superado la hora prudente que corresponde a un buen pregonero». El de José Ignacio del Rey duró una hora y 41 minutos.

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