Amenazaba lluvia durante la mañana del día más esperado por los cofrades. Se ha tenido que esperar para vivir con intensidad un Domingo de Ramos con el que se lleva tiempo soñando. Y aunque una ligera llovizna hacia acto de presencia a la una del mediodía, el cielo encapotado daba una tregua para dar inicio a la Semana Grande de Marchena, una de las más peculiares de toda la provincia de Sevilla. Y fiel a la tradición, pasando la una y media comenzaba su salida la Procesión de los Huesos, un ritual con el que la hermandad de la Caridad, fundada en 1649, rinde culto a «todos los hijos de Dios que no han tenido la oportunidad de recibir cristiana sepultura». Al igual que hacía la Santa Caridad en Sevilla, en Marchena aún se mantiene esta tradición solemne en la mañana del Domingo de Ramos.

Rumbo a San Sebastián partía el féretro, cubierto con un paño bordado en oro, y precedido por una centena de hermanos que a mediodía se dieron cita en la capilla de la Milagrosa para vivir los cultos antes de la salida.

Abrían el cortejo los nuevos hermanos que minutos antes había jurado las reglas de la hermandad. Tras la protestación de fe, el capellán rezaba la Letanía de los Santos y las oraciones preliminares de difuntos para, rozando las dos del mediodía, iniciar la procesión, en la que participaron los hermanos, con traje oscuro, corbata negra y brazalete de intenso azul. Detrás se situaba la capilla musical, que precede al féretro del siglo XVIII llevado a hombros por cuatro miembros de la hermandad.

Hoy día, la hermandad de la Santa Caridad sigue realizando los entierros de todas aquellas personas que no tienen posibilidades de recibir sepultura. Una importante labor de caridad que se mantiene viva desde hace siglos cuando «el Domingo de Ramos lo que se hacía era darle cristiana sepultura a los huesos que se encontraban por el campo».

Un impactante silencio, solo roto por la música de capilla, seguía al féretro por las calles de Marchena que ya anticipan sus días de intensa Pasión. Un fuerte contraste con lo que horas más tarde se vivía en la villa ducal gracias a la Borriquita y su tarde de júbilo con pequeños portando su palma.

La procesión finalizaba en la parroquia de San Sebastián sobre las 14.30 horas, donde se rezaba un responso por los difuntos. El ritual de la hermandad, con el que se escenifican aquellos enterramientos, tendrá su fin con la misa de difuntos que se celebra en la tarde del Lunes Santo.

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