Cuando despertó, se había ahorrado una hora de espera para pisar el barrio de San Julián. A días de cumplir tres años, Darío posiblemente esté ante la primera Semana Santa que recordará cuando sea mayor y, quién sabe, se anime a enfundarse el antifaz azul cielo de la Hiniesta. De momento, su único propósito en este Domingo de Ramos era ver a su tito Raúl y tomarse croquetas y patatas fritas en La Pastora. Con lo que no contaba ni él ni su familia es que la Semana Santa de Sevilla no se rige por los cambios horarios, obligado para tener más horas de sol y reducir el gasto de electricidad, sino por los vaivenes de la meteorología, tan caprichosos que quisieron que la cruz de guía asomara una hora más tarde en este rincón de la Macarena, y con retraso en El Porvenir, Molviedro o El Salvador. Son simplemente los ritmos cofrades, que no se rigen ni por GPS ni por programas de mano. Un chaparrón, aislado pero de 40 minutos, es suficiente como para remover los itinerarios, que no las pasiones.

La lluvia trastocó horarios y también vestimentas. El vestido largo y el traje de chaqueta se entremezcló con la ropa de batalla: camisa, pantalón y quemar suelas. Hasta más de uno dejó en casa la popular sillita de los chinos –tan odiosa para unos y tan alabadas por sus poseedores– por el socorrido paraguas «por si las moscas». Y, pese a que se confíe a pies juntillas en los pronósticos de la Aemet, nadie se quería pegar un remojón. Como le pasó a una joven que penaba en alto tras una borrasca desafortunada que había dado al traste con horas delante del espejo. «Ahora me gustaría una planchita para el pelo, porque madre mía», decía, en tono lastimero, a sus amigas, mientras transitaba por una calle Sierpes en la que se formaba el batallón de silleros para «recolocar las sillas y contarlas», una vez que parecía despejarse el cielo. «Pásame el mapa para comprobar el número», le decía un acomodador a otro. Otro cantar era secarlas, que no se incluía en el abono y a buen seguro permitió que los vendedores de pañuelos hicieran su agosto. Todas salvo algunos afortunados que estrenaron las últimas sillas, como los que ocuparon el tramo de Sierpes que cruzaba con la calle Jovellanos.

Otros fueron mas precavidos. En una plaza del Salvador que sorprendentemente estaba a media entrada a las 14.00 horas con tanto disloque horario y meteorológico, había quien no iba a permitir que sus palmas de Domingo de Ramos se pusieran como una sopa. Y ahí se plantó, a las puertas de su templo con dos palmas casi plastificadas, salvaguardadas de toda amenaza acuosa.

Antes, en ese mismo escenario, había quien resistía a esa tradición, tan sevillana, de visitar los templos para honrar a sus imágenes. Tal vez por lo simbólico o por la disposición histórica de que los tres pasos estuvieran en el altar mayor con motivo del 400 aniversario de la unión entre El Amor y la Borriquita, las grandes colas se agolparon en el Salvador. Pero en la gran mayoría de templos era un gozo el no aguardar colas, como en plena Ronda Histórica en la capilla de Los Ángeles (Los Negritos) y la iglesia de San Roque; o más a intramuros, en la capilla del Museo. A ese ritual, los guiris incorporaron un nuevo templo, pero de la cultura. Alentados por el enorme cartel de Bartolomé Murillo, acudían entusiasmado a ver la exposición del genial artista en el Museo de Bellas Artes. Fuera, estaba su particular lista de fieles, donde los artistas de la plaza siguieron su lema de estar, otro domingo más, «haga frío, calor o llueva», hasta las 15.00 horas. Ellos fueron los primeros que dieron por concluidas las precipitaciones, retirando plásticos tan incómodos como necesarios para preservar sus obras de arte, algunas traídas al caso por ser muy cofrades.

Pero está claro que los turistas no venían esta semana precisamente a seguir la estela de Murillo en el 400 aniversario de su nacimiento, sino para ver cofradías a tutiplén. Y, ellos, salvo aquellos que tienen enchufe sevillano, están exentos de programas de mano y guías. La tabla de salvación, para no ser engullidos por la bulla, no estaba ni en los puntos de información turística –como el que estaba, con más pena que gloria, en el mercado del barranco– ni en las puertas de entrada de foráneos de San Pablo o Santa Justa. La mayoría de los neófitos en hermandades se apostaban en la calle Entrecárceles, donde la Fundación Cajasol ha tenido a bien empapelar su sede con los horarios de cada día de la Semana Grande de la ciudad tamaño mural. Otro cantar es que sepan exactamente dónde se pueden mover. «A la Cena la pillamos por Campana a las seis de la tarde. Nos da tiempo a comer en Triana», comenta un grupo de turistas del País Vasco. Error imperdonable, del que se percatarían horas después.

A esas alturas de la película, Darío ya había claudicado. Su sueño no entiende de cambios horarios. Aguantó para ver a su Hiniesta. Tras enfadarse con un nazareno porque no le daba caramelos pese a sus cánticos y pedir a su padre si «iban a ver a otra Virgen», decidió cerrar los ojos y soñar con otro Domingo de Ramos tan perfecto como este.

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