Dilecto lector: a usted, que soporta mis pamplinas, no le puedo engañar. Lo tenía todo preparado para narrarle con la prosa que me suponen cómo de bien había sido amasada la salida en la capilla de San Andrés. Que ese barco dorado del Prendimiento partía de su particular muelle salvando la angostura de la corredera, cálculos exactos de la escuadra y el cartabón de todo un maestro alarife, gremio de arquitectos que a finales del XIX se fundía con el de los panaderos para derivar en esta cofradía imprescindible que pone punto y final al Miércoles más santo del año.

Pero algo falló. Y la salida -y el borrador de esta crónica cofradiera-, se fueron al traste. Con el mismo ímpetu con el que el olivo de Getsemaní, ese huerto bíblico y hebreo donde hicieron cautivo al redentor, se vino al suelo tras no poder driblar un dintel travestido de Lucifer. Un hecho que superaba el rango de anécdota para aterrizar en el terreno de lo infausto, y que a un lado y otro de la puerta del obrador de la calle Orfila -por aquello del gremio- se revelaba en forma de semblantes disgustados, incluso con lágrimas al cielo de una Sevilla que en minutos hizo correr la noticia como la pólvora. Ya saben que de lo malo, siempre se entera uno rápido.

Pero si había un rostro de desolación, ese era el de Juan Manuel Martín, capataz de ese misterio de sobras conocido por su excelso andar al compás cigarrero, por esos pasitos atrás que cada año ponen bocabajo el Salvador, por prender fuerte el arte y dejar no pocos prendidos de la sevillanía de Jesús tras su discurrir. Pero hasta los mejores tienen días malos. Y este Miércoles Santo del 18 pasó a convertirse en inédito para Los Panaderos, un paso muy reconocible que sin embargo se apreciaba extraño, ausente su toque vegetal. En cualquier caso, la cofradía se recompuso de inmediato: tras caerse el árbol, y dadas las apreturas de una jornada que ya iba con retraso, se decidió, con una diligencia honorable y sin un segundo de vacilación que tocaría una estación de penitencia sin el reducto que localizaba ese sitio que versan las Sagradas Escrituras.

Y así fue como el vasto paso dorado, que estrenaba la restauración de la canastilla, se cuadró raudo dispuesto a dominar Daoiz, tras una Marcha Real que nunca dejó de sonar. El misterio de Castillo Lastrucci, del que hay que reseñar que no contento con gubiar a mediados del pasado siglo todos los allí subidos, habitualmente compañeros del olivo fenecido, quiso regalar a la hermandad y a toda Sevilla la talla del Dios al que hacían preso, miró al frente con decisión para demostrar que ese cuerpo a tierra inexacto, esa trigonometría traicionera no serían óbice para que esta bendita crónica recuperara algunas de las alabanzas previstas. Porque son merecidas.

En lo que la comitiva se apresuraba, en mitad de una muchedumbre agolpada entre Orfila, Lasso de la Vega y la Plaza de San Andrés, la Virgen de Regla no se hizo esperar, aunque eso sí, su salida fue más cautelosa de lo habitual, porque la verdad, con lo ocurrido, no convenía tentar más a la bicha. Asomó la madre de Cristo su rostro dulce, que ora parece afligido, ora satisfecho, como conocedora de que la captura de su hijo, y lo que posteriormente vendría, serviría para salvar a la humanidad. Santa Ana de Dos Hermanas, infalible, entonaba el Virgen de Regla Coronada con aires de aquí paz y después gloria. Porque Sevilla espera al Señor en su Prendimiento y a su madre, y que ese olivo malaje no será más que un recuerdo del año en el que los nazarenos negros y grana casi reparten aceitunas en lugar de picos.

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