Hoy es Miércoles Santo y no negaré, ni una ni tres veces antes de que cante el gallo, que tengo Sed de contar historias; si la Salud me lo permite, intentaré llevar a Buen Fin el objetivo que me he marcado, que no es otro que alcanzar su alma en forma de dardo, de Lanzada, con una historia que me dejó Prendido y que no abarca mucho más de Siete Palabras. Será Barato el precio a pagar, tan solo atención, la misma que tuvo un servidor que prestar a los hechos que me fueron revelados hace tan solo unos días.

Contaba mi confidente cómo los nazarenos verdes y blancos se apoderaban de la mismísima Campana y, tras pedir la venia en el palquillo, levantaron su cruz de guía y tomaron la senda de Sierpes como si de veteranos en tales lides se tratara. El público, absorto en cada detalle de la comitiva, asistía a la protestación de fe de la joven hermandad, y concedía el sobresaliente a la compostura del cuerpo ejemplar de cofrades encapuchados que habían conseguido la hazaña de convertir el largo trayecto desde Ciudad Jardín en un simple paseo para las avezadas cuadrillas de bravos hombres del costal, los mismos que en aquellos momentos permitían que el tránsito de Jesús por el puente sobre el río Cedrón se tornara en postal de antaño por la que hubiese pujado Sello de Oro. Jesús, Cristo maniatado y lleno de Esperanza, lloraba porque sabía lo que acontecería tras su cautiverio; también lo hacían aquellos que lograban empatizar con su dolor mientras la Guardia Judía dejaba claro que eran ellos los únicos responsables de lo que acontecería a posteriori. Blasfemia, confusión, y el retrato de un sinsentido nacido de nuevo a través del garbo de la gubia de José Antonio Navarro Arteaga. La escena la contemplaban un soldado romano con negro plumaje montado en su caballo, anacronía histórica muy efectista en la práctica, un sanedrita perdido en sus propios pensamientos y… ¿dónde estaba el niño? Redención interpretando marchas, auténticos cantos litúrgicos, y de nuevo la Guardia a las órdenes del Sumo Sacerdote, esta vez la de verdad, la historicista, la de las espadas, lanzas, antorchas y cuernos, la de la Menorah de oro, la de los malvados barbudos impartiendo un paso marcial… y el niño sin aparecer.

¿Por qué no echamos de menos a los niños cuando estos desaparecen? ¿Por qué no emprendemos la búsqueda de aquel que no aparece aunque se le llame a gritos? Miedo. Quizás ese sea el verdadero motivo por el que Jesús llora y hasta puede que los gritos que profieren los judíos armados con antorchas sean solo voces al aire llamando al joven por su nombre, una batida en toda Regla. Puede que hasta el romano lo único que pretenda es servir de Guía en la búsqueda del niño, quizás escondido entre las Palmas del bosque oscuro, aunque los últimos que lo vieron afirman que llevaba encendido su candil. Consolación, o Desconsuelo, nadie sabe qué decir. Puede que el chiquillo haya encontrado un Refugio cuando en su Cabeza hayan empezado a surgir los ecos de su mala decisión. Quizás la Caridad o la Misericordia de un alma cándida le haya dado cobijo en la noche oscura y haya tenido Piedad del joven que se ha perdido. Algunos se dan cuenta de su ausencia y dicen en voz alta que quizás se encuentre en su involuntaria huida a la altura de San Pedro, cuyos alrededores huelen a dulces de convento. ¿Puede, acaso, ser esta la razón de que el niño se pudiera haber acercado a las puertas del mismísimo convento de Santa Inés? Como nadie acierta a adivinar el paradero del niño, aquellos que portan antorchas, aquel que va a caballo, e incluso el mismísimo Jesús, sus manos ya liberadas de ataduras, se disponen a abrir una brecha en la Carrera Oficial en el momento en que un desconocido anuncia a grito pelado que el niño ha aparecido sano y salvo. Resulta que fue en busca de su perro, el cual, hambriento, había acudido al olor del ajonjolí. La escena se recompone y el paso de misterio sigue avanzando con la veteranía que no posee, pero que le irá siendo regalada con los años. El niño ocupa un lugar en la trasera, junto a su fiel compañero, esta vez vigilado de cerca por el soldado que nunca debió dejar de vigilarlo. Esta vez es Jesús el que intenta volver la mirada para asegurarse de que el chiquillo permanece cerca, a su espalda: ya dejó claro que le gusta estar rodeado de niños. Aplausos. El público, enfervorecido, aún sueña con lo vivido y se levanta emocionado para rendir respeto a la nueva hermandad, Hay quien todavía no tiene claro si la ovación que se escucha obedece al hecho de la aparición del pequeño o a la Majestad de Cristo en un momento tan delicado. Todo ha quedado en una anécdota. Ahora, en breves momentos, hará su entrada en Campana la Virgen del Rosario. Menos mal que todos saben que San Juan no se ha perdido sino que hace años que la dejó sola en el camino de la Amargura, seguramente porque fue a casa a coger más pañuelos con los que limpiar el rostro de la que él aún no sabe que será su Madre por decisión de su Maestro. Es una tarde de milagros. Esta cofradía será denominada La Milagrosa por unanimidad, y será la última que se incorpore a la nómina de hermandades que hacen estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral.

Sigue leyendo esta noticia en la Web de El Correo de Andalucía