Es un tópico afirmar que el Jueves Santo reluce más que el sol. Pero ayer fue así en Cantillana, en la estación de penitencia de la Virgen del Consuelo. Brilló el día en su palio y en el rostro de la Virgen de San Bartolomé y en su anhelante mirada, que buscó y encontró a Cristo reservado en el sagrario en este día del amor fraterno.

Relució igualmente el día en la delantera de su paso, en esa talla de plata y marfil de la Inmaculada, obra de Buiza, y que renovó la tradición. Porque son las parejas que anhelan casarse y las circunstancias no se lo permiten las que limpian a la pequeña imagen para que la Virgen les facilite su enlace. Bruñida por novios expectantes, daba más brillo aún al palio de la Dolorosa del Jueves Santo.

En Cantillana la Virgen es Divina Pastora de las almas que sube a los cielos en su Asunción gloriosa. Es Caridad derramada, y en su Soledad es patrona de todos los cantillaneros. Pero el Jueves Santo la Virgen María aglutina la devoción. Su céntrica iglesia es lugar de paso y nunca faltan visitas. Ese cariño profundo volvió a manifestarse en la salida y durante todo el recorrido, en el que no faltó el acompañamiento, las puertas abiertas ni las casas iluminadas para recibir a la Señora de San Bartolomé. Porque es esta Virgen el consuelo de los cantillaneros.

La puerta de la ermita es angosta, por lo que el palio presenta dimensiones menores a lo habitual. Aún así, la maniobra de salida se antoja imposible, por lo que el paso salió a ruedas. Superado el dintel fue alzado por sus costaleros entre aplausos. La banda de música de la Soledad de Cantillana dio muestra de su maestría a lo largo de la procesión.

Se cumplía una década de la recuperación de la imagen de San Juan, el discípulo que acompaña a la Dolorosa, que en Cantillana rememoraba el sinvivir de María en la pasión de su hijo. Porque como única titular de su hermandad, acompañaba al Cristo de la Humildad, al Cristo de la Vera Cruz –ambas imágenes desaparecidas en la Guerra Civil–y a Nuestro Padre Jesús Nazareno. Con él procesionó cada madrugada hasta época reciente, y con él revivían el encuentro en la calle de la Amargura.

Pero en este Jueves Santo la Virgen no encontró a Cristo camino del Calvario, sino que lo halló en el sagrario de la parroquia, reservado en el monumento. Allí hizo estación acompañada por sus nazarenos. Accedió al templo mayor por la puerta del Palacio, aquella por la que accedía cuando acompañaba a Jesús Nazareno, después de que él bendijera el río y los campos desde esta privilegiada atalaya. Como reminiscencia de aquella unión, la Virgen anticipó los pasos que el bendito Nazareno recorrería en la madrugada.

Porque tras la Virgen del Consuelo llegaría el turno de Nuestro Padre Jesús. Señor de Cantillana y de los pescadores. Y aunque ya no lo acompañe y su estación de penitencia culminara a la media noche desde San Bartolomé la Virgen, como Consuelo de su pueblo, enjugaría el dolor del Nazareno arropada por San Juan y el cariño de los cantillaneros.

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