Cristo ha permanecido enclavado en la cruz en Castilblanco de los Arroyos desde que muriera. En la tarde de ayer, Sábado Santo, aún se mostraba en el madero en la parroquia del Divino Salvador. Pero tras ser desenclavado, el beso de la Virgen fue el anticipo de la resurrección.

Comenzaba la tarde cuando la hermandad de la Soledad se reunía en la parroquia. La lectura de la pasión fue la narración del antiguo rito que permanece como una de las señas de identidad de la cofradía. Cristo aparecía crucificado, entre las tinieblas de los negros cortinajes que lo ocultaban. En el momento en el que en la lectura del evangelio muere Jesús y se rasga el velo del templo, se descorrieron las telas que velaban a la imagen, para comenzar el descendimiento. Hubo otro tiempo en el que en este calvario flanqueaban a Jesús las imágenes de los dos ladrones, Dimas y Gestas, ejecutadas por el escultor Ruiz Gijón. Tras su pérdida ya solo el Cristo Yacente es enclavado para la representación de este auto de la pasión.

Un acto arraigado que permaneció incluso en periodos de inactividad de la hermandad. Porque la piedad de los castilblanqueños siempre ha querido descender al Redentor y darle cristiana sepultura, como si con ello tuvieran aún más asegurada la resurrección y la salvación.

Los hermanos que recreaban a los santos varones ascendieron hasta la cruz, desde donde fueron retirando las potencias a la antigua imagen de Cristo, de papelón, articulada y fechada en el siglo XVI. Retirados los clavos de las manos y pies, y sostenido por sudarios fue bajado de la cruz. Tras presentarlo a la Virgen fue trasladado al sepulcro del altar, donde quedó depositado. Porque no es esta antigua imagen, sino la del Cristo de la Misericordia –yacente del siglo XVIII– la que realiza la estación de penitencia.

El pelícano –alegoría mística del mismo Cristo– coronaba la urna de caoba y plata donde el Cristo de la Misericordia yacía para su procesión. Acompañado por nazarenos de túnica y antifaces negros con capas blancas, fue la agrupación musical Nuestra Señora de la Estrella de Dos Hermanas la que acompañó musicalmente al Cristo de la Misericordia en su Santo Entierro por las calles de Castilblanco de los Arroyos.

Enlutada, la Virgen de los Dolores en su Soledad fue testigo del descendimiento. Bajo su sobrio palio negro, continuó la estación de penitencia tras la urna, acompañada musicalmente por la banda municipal de Guillena.

En el cortejo se integraban representaciones corporativas de todas las hermandades locales, así como el clero y las autoridades municipales. Las santas mujeres –la Verónica con el Cristo junto con las mujeres que portan los clavos y la corona de espinas, y las virtudes y marías con la Virgen– rememoraban a los personajes de la pasión.

La estación de penitencia fue discurriendo por enclaves de interés, como la avenida del Puente, donde los pasos se cruzaron. Cuando la cofradía llegó a la avenida de España, la urna siguió avanzando hasta la calle Juan Ramón Jiménez para subir hasta la iglesia, mientras que la Virgen acortó su camino para ascender al templo por la calle Jacinto Benavente. Y en ese instante, Madre e Hijo se encontraron ante la parroquia. Frente a frente, se volvió a recrear el beso. En esta costumbre de tiempo inmemorial, los costaleros de las últimas trabajaderas alzaron las andas para acercar a ambas imágenes, en una despedida antes de que Cristo fuera sepultado. Una despedida que no acabó en el sepulcro, sino que se alzará, en apenas unas horas, con el sol de la resurrección.

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