«No tienen cruz de guía porque su guía es el Señor, y ya con eso les vale». La explicación, si se quiere un tanto espartana, la daba un padre a su hija preguntona (muy preguntona comprobaríamos luego) al paso de los primeros nazarenos del Amor, huérfanos efectivamente de insignia rectora porque su cruz de guía ya guió los pasos de La Borriquita. El Salvador, lleno, llenísimo siempre, es y no es un buen lugar para disfrutar del paso de una cofradía. Solo lo es cuando el público sisea y manda callar. Entonces un reguero de mutismo se impone.

Por fortuna anoche, los siseos llegaron pronto, apenas habían transcurrido los primeros tramos de nazarenos negros del Amor, que habían comenzado a salir a las diez menos diez para paliar el retraso acumulado en Campana. Otra cuestión fue la puesta en escena, que no varió con respecto a la de años anteriores; y tampoco es que hiciera falta. Pero, con todo, el Ayuntamiento de Sevilla había anunciado que iba a coordinar con la hermandad por primera vez el llamado «alumbrado inteligente». Teóricamente la luz iba a permanecer en una tonalidad ámbar. A la salida del primer tramo se redujo la intensidad un 50 por ciento; y a la salida del crucificado del Amor bajaría hasta el 10 por ciento. Con ello quiso emularse una tonalidad que asemejara la luz a la estética propia de la ciudad en el siglo XIX. Bravo por la idea pero si puso en marcha o no, poco podemos reseñar aquí. No pusieron de su parte, desde luego, los negocios del Salvador, que con sus propios neones y luces impidieron que se advirtiera nada especial. Si acaso en el discurrir por Cuna sí que pudo percibirse que el Amor de Juan de Mesa procesionaba barnizado por un manto de pobrísima luz naranja que impedía su contemplación. Lo peor es que tampoco añadía romanticismo ni nostalgia alguna a la estampa. Y quienes a pie de calle lo desconocían tampoco repararon en ello.

A lo esencial, el Cristo del Amor marchó en silencio, en un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos. «Más lento, hombre», se quejó alguien. Pero este paso está pensado para dejar una estela, una impresión tan taciturna como la simbólica imagen del pelícano a los pies de la cruz que se abre el pecho con su pico para alimentar a las crías con su sangre. Nuestra Señora del Socorro tampoco se recrea. Porque ya hay lugares para eso en nuestra Semana Santa. Al salir de la Colegial del Divino Salvador, la Banda María Santísima de la Victoria la recibió con la marcha Ione; luego mirando hacia Cuna hicieron sonar la marcha fúnebre Quinta Angustia, de José Font. A las órdenes del capataz José María Rojas-Marcos, la Virgen del Amor se perdía en una noche inusualmente fría pero en la que nadie quiso privarse de uno de los momentos más imperecederamente clásicos de la noche del Domingo de Ramos.

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