Sevilla es uno de esos sitios preciosos de los que uno se quiere ir a menudo. Sobre todo, cuando por el afán de admirar una procesión y disfrutar del ambientillo primaveral y callejero acaba metido en el corazón de una turbamulta prieta, con un tipo silbándole adornos de corneta en la oreja, el sol dándole en la cara, la calva sudando bajo esos 850 grados al sol con que la ciudad celebra el fin del invierno, los niños dando morcilla –los propios o los ajenos–, la garrapiñada atravesada en la garganta sin un mal vaso de El Milagrito que echarse al coleto para disolverla y un carro de bebé empeñado en hacerse un salmorejo batiéndole el sóleo de la pierna derecha, justo por encima del talón en carne viva por los zapatitos nuevos. Así que urge proporcionar una serie de pistas y sugerencias de carácter humanitario-cultural a quienes, sin ser unos catedráticos del asunto ni pretenderlo –que esos ya tienen muy clarito lo que van a hacer, cómo y cuántas veces–, sí desearían pasarlo bien en Semana Santa, ver algunas cosas chulas y evitar los principales horrores del acontecimiento festivo hispalense por excelencia.

La estrategia que se emplee el Domingo de Ramos determinará ya si uno irá luego cayéndose a pedazos durante el resto de la semana o, por contra, logrará mantener el tipo. Se trata de administrar las fuerzas y de hacer un poco de todo: ver pasos, sí, pero también comerse una buena torrija por ahí, endiñarse un adobito llegado el momento, pasear a gusto y comprarle un tamborcito al niño o cualquier otro instrumento de tortura y no quedar atrapados en un amasijo humano. Para ello es fundamental no pisar los alrededores de la Carrera Oficial ni en pintura, salvo en contadas y muy planificadas excepciones que aquí se van a ver, y no pretender ser exhaustivos. Para esta primera jornada hay dos opciones: salir a la calle muy temprano (para recogerse prontito) o muy tarde (para disfrutar la noche), pero nada de agotadores términos medios. En el primer caso, tras visitar a primera hora un par de templos y hacerse con la ramita de olivo (San Juan de la Palma, El Salvador si no hay demasiada cola, San Julián…) hay que ir a ver la Paz en el Parque de María Luisa. Lo siguiente es pegarse un buen repaso en cualquiera de los garitos de la calle San Fernando o un tapeo serio en Las Lapas, conforme se sube por San Gregorio, de manera que el cuerpo quede convenientemente alicatado para la siguiente fase de la operación, que consiste en ir a la Encarnación a ver La Cena y San Roque, que suben casi seguidas. Cabe la opción de tomarse un vasito de helado en el Rayas, junto a San Pedro (la iglesia, no el apóstol), pero lo verdaderamente heavy es ir caminando despacito en busca de La Estrella, con idea de encontrarse la cofradía por Reyes Católicos, previo paso por la heladería La Fiorentina, en la calle Zaragoza, donde ese maestro heladero sin parangón llamado Joaquín Liria estará esperando con sus creaciones con sabor a azahar, pestiño, torta de Inés Rosales y otras maravillas de esas como las que Jesús dio al finado Lázaro para que se dejara de historias y saliera a tomar el sol a la calle. Y por cierto, al ver la cofradía de Triana que nadie se olvide de fijarse en los nuevos ciriales.

Este podría ser un buen comienzo, asumible y no demasiado revientapiernas ni destrozalumbares. A partir de aquí, tanto para este día como para el resto de las jornadas que están por venir, ya cada cual marca su ritmo en función de sus fuerzas y sus ganas. Recomendaciones de lugares y momentos inolvidables hay muchas, pero ya se ha dicho líneas atrás que la idea de partida es no acabar para el arrastre y disfrutar en familia de lo mucho o lo poco que se pueda ver. Todo el mundo sabe que la entrada del Baratillo es espectacular, un baño saetero de padre y muy señor mío; y que la Macarena por la calle Feria o por Parras es para perder la cabeza y parte del tórax. Pero, honradamente, esas sugerencias quedan para las guías oficiales. Así que, partiendo del modelo que se proponía para el Domingo de Ramos –lugares bonitos, nada de gentíos, bares próximos donde sentarse y agradables paseos desentumecedores entre contemplación y contemplación–, aquí van unas cuantas propuestas con mayor o menor grado de dificultad, riesgo o dureza para quien quisiera tomarlas en consideración. No están todas las cofradías, pero eso es solo porque no caben.

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