{No he cometido el error de escribir la palabra salud en minúsculas. No os voy a contar una historia relacionada con el titular de la hermandad de los Gitanos, con el de la de San Bernardo, el de San Nicolás, el de la Carretería o cualquier otro merecedor de esta advocación. Os quiero hablar de esa salud que no se aprecia hasta que se pierde, antónimo por antonomasia de enfermedad.

Sí: enfermedad, desahucio, tormenta, oscuridad y desolación. Quizás fueran muchos más los malévolos duendes que le gritaban groserías y palabras de desánimo a Luisa al salir de la consulta del médico especialista. Tras largas jornadas sometida a diversas pruebas médicas, aquella cita había terminado como se temía: aquellos dolores de cabeza que la habían estado asediando cada vez con más persistencia procedían de la tiranía que un tumor ejercía desde su castillo, allí en el centro de su cerebro, el centro neurálgico que la había catapultado a una vida de éxito y que, ahora, la traicionaba señalándole el camino de la muerte. Luisa prefería pensar que era el Cielo el destino del viaje para el que debería comenzar a preparar el equipaje. Y no tardó en poner en regla todo aquello que significaría motivo de disputa entre sus hijos cuando ella no fuera capaz de ejercer su papel conciliador, el mismo que se había atribuido siguiendo a pies juntillas las disposiciones de un matriarcado bien entendido. Tocaba, pues, anunciar la noticia y disfrutar de aquellos suspiros que la vida aún podía ofrecerle.

No tardó la fría mano de la enfermedad en hacer acto de presencia; los mareos, los dolores de cabeza y hasta las primeras alteraciones del lenguaje sirvieron para hacer comprender a sus hijos que el final estaba cerca, y todos se apresuraron a tomar posesión de un sitio de privilegio en la cama de la moribunda, quien no dudaba en colmar de bendiciones a sus vástagos con palabras entrecortadas mientras su mano izquierda se aferraba con fuerza a la cruz de madera y al rosario que había solicitado que colocaran ex profeso sobre las sábanas con aroma a rosas.

Allí encontraron perdón pecados confesos, allí se derramaron lágrimas contenidas en la presa de unos párpados quebrados y también sobre ese lecho se comenzaron a preparar con antelación unas exequias aún por llegar.

Luisa era relativamente feliz, pero un fuerte dolor en el pecho impedía que se abandonase a su destino. Su hijo pequeño, que vivía en el extranjero, llamaba todos los días para interesarse por la salud de aquella que tanto amor le había profesado y, desde la distancia, instaba a sus hermanos a que le desnudasen la verdad; si el final era inminente, lo dejaría todo, a riesgo de perder su trabajo, y acudiría a darle el beso final a su madre.

Comenzaron las convulsiones, las ausencias y la caquexia, signos inequívocos de que todo estaba escrito, extraño paralelismo con los pensamientos que Jesús tuvo en la Cruz justo antes de expirar.

Volvió el hijo pródigo y, tras efusivos saludos celebrando la vuelta a casa, la realidad se hizo presente. Prescindiendo de penas, pidió el pequeño soledad para disfrutar de unos momentos junto a Luisa. Al verlo, fueron las lágrimas de la anciana las que sustituyeron a las palabras que ya no eran capaces de asomar a sus labios. Sin fuerzas, elevó la mano para indicarle el camino a su vera y, tras un cuidadoso abrazo inicial, el hijo comenzó a acariciar a la madre. Continuó con sus delicados cuidados, trazos de mano contra piel arrugada, dibujos curvilíneos de amor verdadero y Luisa cayó rendida al sueño. El hijo siguió acariciándola mientras, ahora sin testigos, lloraba.

No es esta una historia triste pues, al despertarse, Luisa podía hablar, y hasta sus ojos reflejaban una mejoría milagrosa e inexplicable. Llamaron al médico, que se personó corroborando aquello para lo que los estudios de Medicina no lo habían preparado. Luisa se levantó del lecho y abrazó uno a uno a sus hijos antes de ser trasladada al hospital para que le realizaran una revisión urgente mediante técnicas de imagen. Milagro; ninguna otra palabra podía explicar los acontecimientos.

Luisa buscaba los ojos del hijo pródigo, pero estos rehuían su mirada. Allí, sentado en un sillón, el menor de los hermanos centraba su atención en sus propias manos: él sí entendía de milagros; la aciaga noche del 27 de febrero de 1983 formó parte de la comitiva que trasladaba al Cristo de la Buena Muerte a la iglesia de la Anunciación para los cultos cuando un accidente hizo que la cruz cayera al suelo y la cabeza del Crucificado se desprendiera del cuerpo. Él fue uno de los que la tomó entre sus manos y pudo acariciar Su Bendito Rostro.

Luisa se sentó, llena de alegría, a su lado y, tomando con sus ancianas manos su barbilla, le volvió el rostro para escuchar, en un susurro, las palabras de aquel:

Madre, La Buena Muerte da vida y tu vida se debe, qué ironía, al poder de la Buena Muerte del Señor.

Madre e hijo se fundieron en un abrazo.

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