En Sevilla, algunas primaveras, Dios se pasa en el agua más tiempo que en el cielo, y entonces la ciudad, empapada y turbia de lluvia, hace como que se esponja y se pone tontísima y de muy mala leche, echando de menos el disfrute de cosas que aún no ha vivido, pero que considera de su propiedad. Sí, es una idea disparatada, una auténtica patología, pero el estrés del sevillano cuando mira el cielo gris conforme se acerca la Semana Santa presenta esa curiosa vertiente privatizadora. Dicho por si algún economista quisiera hacer su trabajo de fin de máster sobre esto, agotadas ya todas las investigaciones imaginables sobre los efectos que produce en los parqués el que los politólogos se lleven tres días sin afeitarse (es lo que tiene la universidad: que también genera burbujas. Aunque eso lo dejaremos ya para la Cuaresma que viene, si vivimos y estamos buenos y sigue existiendo el periodismo). De regreso a la idea principal: la prueba de que Dios existe es que tiene mucha guasa y le gusta meterse en todos los charcos. El aparataje cataclísmico le encanta. Indicio de ello es lo solemnes y apocalípticas que suenan las ventoleras en los templos, donde los bancos húmedos y negrucios crujen bajo los culos y las rodillas de una feligresía escasa pero persistente, extrañamente silenciosa para lo que se estila en esta ciudad, y muy temerosa. Sí, porque dentro del credo recalcitrante de algunos devotos se incluye la posibilidad cierta de ser castigados por la divinidad en justo pago por sus faltas (bien pensado, esto también podría motivar unas jornadas en la Facultad de Empresariales, puestos a seguir dando ideas a las nuevas camadas de egresados universitarios). Es muy probable que los artistas del Barroco tuviesen el mismo propósito amedrentador que los modernos ingenieros cuando diseñan los coches para que den miedo al verlos acercarse por el retrovisor. Observando con atención el interior de ciertas iglesias, con toda esa retórica atronadora de la voluta, de la cacha angelical, del santo con el dedito así y del dorado polvoriento, uno tiene la impresión de que Dios viene dispuesto a echarlo de la carretera por pecador y por gilipollas. Entonces uno, poniendo el intermitente, se acerca al primer barrote libre que encuentra en la capilla lateral más cercana y le reza al Cristo o a la Virgen que en ella recibe culto, no tanto para pedirle cosas como para rogarle que, por favor, apague las largas. En ese silencio de tosecillas, graznidos de bisagras de portón, motos lejanas y taconería sobre la losa, uno se siente un poco quemado, la verdad. Lo mismo es del embrague.

Fuera, en la calle, el suelo rechina como el linóleo. Llegada la hora de repostar, y tomando para ello la primera salida hacia La Flor de Toranzo, que también tiene sus pequeñas hornacinas para albergar fotos de santos y de imágenes benditas (que no sagradas: el sagrado es el que las mira, que para eso está bautizado), uno le va endiñando de lo lindo a la tostada con aceite y jamón (ese aditivo, fruto de largos años de I+D+i, que estimula la carburación y te deja los pistones sonando como una Singer) mientras va haciendo una lista mental de las cosas importantes que va observando en el establecimiento: cuatro lebrillos de mantecas diversas y una bandeja de jamón con el tocinito lloroso; dos relojes de pared (uno es una lata de sardinas y el otro un cencerro); unos letreros donde comunican que han dado instrucciones a Rita la Cantaora para que asuma ella la tarea de servir desayunos el Viernes y el Sábado Santo (con otras palabras, pero el mensaje es ese)… Y la principal de todas: el vasito de agua fresca que le ponen a uno sin pedirlo siquiera. Hay tres cosas que los bares han perdido: el azucarillo, la barra para los pies y el vaso de agua fresca. El azucarillo como si se lo confitan, y a los pies que los zurzan si fuese necesario. Pero no habría que volver a ninguna cafetería que no tuviese esa gentileza de ofrecer al cliente, para cerrar su opíparo desayuno, ese colofón bendito (o sagrado, por lo que tiene de bautismo) que le deja la boca limpia y fragante y se lleva al coleto los restos deliciosos del café, la pringue y las miguitas de pan tostado. Porque Dios, que también sabe mucho de bares, vive en el agua más tiempo que en el cielo. Y fuera, en la calle Barcelona, cuya estrechez pone eco al traqueteo de los carricoches y carretillas, dos filas de naranjos espigados van bendiciendo los cogotes de los transeúntes con goterones helados mientras al fondo, sobre el pedestal de la Plaza Nueva, el rey San Fernando aprieta el botón de su paraguas plegable pero no se le abre. Y unos paisanos que caminan diligentes comentan que este Martes Santo llueve seguro, porque en Sevilla todos los agravios a la costumbre reciben esa recompensa. Vamos, que no es que hayan mirado la web de Aemet. Si es que no paramos de meternos en charcos.

Sigue leyendo esta noticia en la Web de El Correo de Andalucía