La hora nona del primer Viernes Santo de la Historia se tornaba en la primera de la noche de un día de viento y meteorología incierta, como cuentan que fue aquel. Sobre un monte Calvario de mármol, el Cristo Yacente había expirado en el madero. Todo quedaba consumado en la ermita de la Soledad, cuando dos santos varones soleanos subieron a la cruz para desenclavar y dar sepultura al Señor. Era el acto del Descendimiento, el relato de los evangelios según la hermandad de la Soledad de Cantillana.

Bien pareciera que el tiempo no hubiera pasado en el santuario. En la penumbra, Cristo pendía muerto de la cruz. La candelería del altar de Septenario confería una luz fúnebre a la escena. Detrás, su Madre. Entronizada en el camarín desde el que vela por los cantillaneros, ataviada al estilo hebreo, la sexta espada de dolor se clavaba en su corazón al contemplar la escena del descendimiento de su Hijo del patíbulo. Bajo el dosel que exorna su Septenario y que reza en plata el primer verso del Stabat Mater Dolorosa, permanecía de pie junto a la cruz, esperando que volviera a su seno Cristo ya muerto.

Junto a ella, San Juan y la Magdalena arropaban su dolor. Si en los cultos previos de fin de semana permanecieron junto al Cristo y la cruz, anoche subieron al altar para consolar a la Dolorosa. Imágenes de calidad y belleza, atribuidas a Juan Bautista Patrone, han llegado para arropar a la Virgen de la Soledad en tan duro trance tras pasar por un proceso de restauración a manos Antonio López, hermano de la cofradía. En la nave los fieles se sobrecogían con la escena, como en tiempos pretéritos. Cantillana lo había perdido de su piedad, y con recuperación se está consiguiendo ensanchar su rico patrimonio religioso e inmaterial.

El sermón de las Cinco Llagas fue la guía para escenificar el solemne rito. Ayudados por escaleras y de luto riguroso, dos hermanos –como José de Arimatea y Nicodemo–, procedieron a quitar la ominosa tablilla del INRI mandada colocar para escarnio del Nazareno. Asido por sudarios, la retirada de la corona de espinas fue el principio del fin de esta cruenta pasión. Los santos varones continuaron retirando los clavos. La mano derecha, la izquierda y luego los pies. El sonido del martillo al chocar con los clavos en el silencio del templo hacía más sobrecogedora aún la escena que desde el presbiterio del templo se representaba. Sostenido por las telas, la imagen fue bajada, para abandonar así el lugar desde donde recibió los besos en los pies de sus devotos estos días de cultos.

Ya descendido, el Yacente fue depositado en un catafalco, donde los sacerdotes procedieron a ungir –de forma simulada– el escultórico cadáver con óleos y aromas, depositando sobre su anatomía las yemas de la flor de azahar que en los naranjos de la Calzá, la vía que lleva hasta la Soledad en Cantillana, había comenzado a florecer. Amortajado mientras la Madre quedaba sola, Cristo fue trasladado al sepulcro.

La hermandad ya realizaba este acto en sus orígenes, en el siglo XVI. Se escenificaba en el porche de la ermita –entonces rodeada en pleno por el campo– donde existía un simulado monte de piedra para alzar la cruz donde el Cristo sería enclavado. Tras realizar el Descendimiento, sería introducido en la urna, para comenzar la estación de penitencia. Desaparecido el acto, al Cristo le fueron fijados los brazos en una época indeterminada. Una exhaustiva restauración de la imagen llevaron a la acertada recuperación histórica de este auto piadoso, que volvió a realizarse por primera vez en el año 2014.

La procesión claustral, entre cantos luctuosos, recorrió el perímetro del santuario con un cortejo fúnebre. Precedido por hermanos con cirios, el Cristo Yacente fue llevado hasta el sepulcro, la urna de rocalla, marmoleados y carey en la que procesionará el Viernes Santo. Y desde ella hará de este tiempo una época de esperanza, a pesar de haberse cerrado la tumba con su muerte. Porque no en tres días, aunque sí en tres semanas en esta pasión según la Soledad de Cantillana, Cristo resucitará triunfante desde su urna dieciochesca.

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