La historia y la leyenda se unen en la génesis de una devoción ancestral que conoció mejores días. Hablar del Cristo de San Agustín es hablar de la propia historia de la ciudad; del nacimiento de la Semana Santa y de la geografía sentimental de un trozo de Sevilla –la Puerta de Carmona, el camino de Oriente y la Cruz del Campo– que aún late bajo el hormigón y el asfalto. La muestra organizada en el Círculo Mercantil quiere ajustar cuentas con el olvido empleando una fórmula original: la interpretación de la historia y la devoción del venerado crucificado a través de firmas y artistas contemporáneos. Todo ello, sin renunciar a imágenes y documentos históricos entre los que destaca el cuadro del Santo Ángel, cedido bajo los oficios del padre Dobado.

El profesor Jesús Romanov y Antonio Flores Holgado, archivero de la hermandad de San Roque, han comisariado esta cuidada muestra que se podrá contemplar en los salones del Mercantil hasta el próximo 22 de marzo, Jueves de Pasión, incluyendo un interesante ciclo de conferencias.

La lista de artistas que le prestan el hilo conductor incluye los nombres de María Garres, Andrés Carrasco, Alejandro Grande, Antonio Díaz Arnido, Ricardo Gil, Daroal, Pedro González Vázquez, Abraham Ceada, Rubén Terriza, Ángel Alén, Santiago León, Jesús Zurita, Manuel Bautista Gamaza, Álvaro Gavilán, Enrique Carrascal, Ignacio Pizarro Ortega, The exvotos y Pablo Lanchares. Las propuestas van desde una visión onírica del hallazgo del Cristo en los predios de Santa Justa hasta una interpretación apocalíptica de su devoción.

Se trata, advierte Jesús Romanov, «de hacer un ejercicio de memoria histórica». «Al Gran Poder le decimos hoy el Señor de Sevilla y al de San Agustín se le decía el Cristo de Sevilla. Lo recoge Lope de Vega y hasta Cervantes», explica el historiador, poniendo en pie las claves devocionales de aquella imagen velada que recibió culto durante siglos en el convento de San Agustín –a las afueras de la Puerta de Carmona– antes de ser trasladado a la parroquia de San Roque, en la que pereció junto al resto de sus bienes artísticos en el incendio intencionado del 18 de julio de 1936. Aquella imagen sería sustituída algunos años después por la actual, una reinterpretación de Agustín Sánchez Cid que hoy es titular de la cofradía de San Roque

¿Cual es la razón definitiva para poner en pie esta exposición? Romanov vuelve a poner el acento en la necesidad de conocer nuestra propia historia. «No hay que olvidar que el Santo Crucifijo de San Agustín hacía estación en la Cruz del Campo y siguió haciéndolo después del decreto del cardenal Niño de Guevara que obligaba al resto de cofradías a acudir a la catedral», recuerda el profesor. Pero hay más datos interesantes que ponen en valor el halo y la memoria del crucificado medieval. «Es que era el imán de todas las devociones de la ciudad pero cae por su propia vinculación al antiguo régimen. Cuando desaparecen la nobleza y el clero como estamentos privilegiados –su propia hermandad ya estaba desintegrándose a finales del siglo XVIII– y cuando el convento desaparece, esa devoción se derrumba porque no tiene nadie que la sostenga».

A pesar de todo, la imagen volvió a ser venerada por una hermandad de penitencia que hizo su última estación en la Semana Santa de 1896. La cofradía, en franca decadencia, intentaría reorganizarse con el cambio de siglo pero el párroco de San Roque lo impidió –aquella hermandad estaba unida a los incipientes movimientos obreros católicos– alentando la creación de una congregación y espoleando la fundación de la actual cofradía, «a la que entregó el Nazareno y la antigua imagen de Gracia de Juan de Astorga», según precisa Romanov.

El primitivo crucificado volvería a salir a la calle en el siglo XX. Lo haría en una procesión de rogativas celebrada en 1905, organizada por su congregación que aún volvió a sacar al crucificado, camino de la Cruz del Campo, en 1926. Diez años después ardía entre las llamas del odio y la sinrazón.

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