Atención, porque he aquí que llega a la guía una palabra con dos sentidos muy diferentes: el artístico y el práctico. Y dominar ambos es una rasgo propio de los muy cofradieros. En el primero de los casos, el contraluz es un recurso asequible y resultón del que todos los amantes de la fotografía y las procesiones se han servido más de una vez: aprovechar que el paso, el nazareno, la señora de mantilla, el maniguetero o lo que sea que se quiera retratar se coloca justo entre la cámara y el sol y apretar el botoncito. Por lo general, a ese nivel de aficionado raso con un equipo medianito no se requiere más cualificación técnica, y a menudo los resultados son sensacionales y el dramatismo de la escena se acentúa, como se ha podido ver incluso en la cartelería primaveral sevillana. Asomarse a Twitter en Semana Santa es exponerse a una sobredosis de contraluces sin tregua. Pero hay otra forma de enfrentarse a este fenómeno que no tiene tanto que ver con las fotos y el deseo de compartirlas como con el deseo de presenciar lo mejor posible el tránsito de la procesión y, en particular, los pasos. Por explicarlo con un ejemplo: uno se lleva tres cuartos de hora cogiendo sitio para contemplar la cofradía en un lugar de privilegio, con una perspectiva bonita o un monumento detrás, y sucede que cuando llega la hora apenas se nada como no sea haciendo visera con la mano y dejándose las retinas en el empeño: algo tan sencillo como prever de dónde va a venir el sol diferencia en muchas ocasiones al veterano del pardillo y facilita el mejor disfrute del espectáculo de la Semana Santa en la calle… salvo que lo que se quiera sea fotografiar el contraluz, claro.

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