Hasta la calle Placentines llega el eco de las voces de los camareros de Las Lapas pidiendo a cocina tapas de paella, de espinacas, de pavías, de choco, y aquello de bote en bote con la gente aliviándose el gaznate con el dulzor amargo y helado de una cerveza tomada a la sombra, cuando uno viene con quemaduras de segundo grado de haber asomado la cabeza a la Puerta de Jerez diez segundos. Y allí en la otra punta, junto a la Catedral, en ese recodo amable que combina el aroma del naranjo con el de la mierda de caballo, dos forasteros que no saben si aquí pasean a las Virgenes, corren los toros o queman las cómodas en la plaza, le preguntan a un municipal cómo pueden ir desde allí a no sé dónde. Tal vez a coger una góndola: «Pueden ir por donde quieran, por aquí o por allí», les contesta el policía, la mar de cortés, «pero más vale que vayan ya, porque en cuantito que empiecen a pasar las procesiones, cortamos, y ya les va a costar más trabajo». En cuantito. Ay, Sevilla, si no fuera por estos ratitos.

Hablando de forasteros: dos alemanas compran un helado en la Plaza del Salvador, les dan un ticket de esos que sirven para tumbarse encima a tomar el sol en la playa, y… ¿qué hacen? ¡Tirarlo al suelo! O sea, que no hace falta ser de Sevilla para ser un puerco: O a lo mejor es que en Alemania también tienen un dicho en plan donde fueres, haz lo que vieres. Seguro que se escapa alguna babilla al pronunciarlo. Pero de fuera llegan también muchas maravillas. Dos jóvenes amigos, Julio y Miguel, han salido juntos a ver las cofradías. Ambos son pianistas, y el primero, de Dos Hermanas, ha invitado al segundo, que es barcelonés, a dejarse el pellejo en el reflejo de una corneta en esas malas horas de la tarde. Tienen esa discreta atención con que los artistas de verdad miran el mundo embobados, pero haciendo lo posible para que no se les note la sorpresa. Acostumbrados a grandes orquestas, a dar conciertos, a escuchar a los virtuosos y a las grandes orquestas, están sin embargo con la boca abierta delante de la banda. «Que qué me gusta más de la Semana Santa», repite el catalán Miguel, mientras se pasa la película entera en cinco segundos. «Me gustan los colores de la música. Esa relación con el ambiente, el contexto. Ver cómo lo siente la gente. ¡La gente llora! Me gusta porque tocan con mucha sinceridad». Julio, a su lado, va diciendo que amén a todo. «Aunque el músico sufra mucho en una banda, ves lo feliz que es, cómo lo está viviendo», añade, por su parte. Al final, lo único que se le pide a la vida es un poquito de verdad. En Sevilla, la verdad dobla las esquinas como nadie, y hace unos solos que te mueres, y se levanta que te para el corazón, y camina… pues eso, como Dios. Otras ciudades tienen tres o cuatro líneas de metro. Aquí tenemos esto. Cada cual que elija cómo prefiere viajar.

Pero basta de lindezas, porque viene la pregunta filosófica de la jornada: ¿cómo le cabe a la gente el culo en las sillas de la Carrera Oficial? En serio: ¿cómo les cabe? Hay algunas y algunos que, con todos los respetos, necesitan un poco de física cuántica para adaptarse. Pues la encuentran. El milagro de los panes y los peces fue un truco de Juan Tamariz al lado del prodigio de sentar al respetable en esas sillas de tijera tan pegadas unas a otras, con los panderos que por aquí se estilan, y que no se los tengan que llevar luego al ambulatorio con el mueble empotrado a que se lo estirpen con la rotaflex. Pero eso sería así en una ciudad lógica. Hoy, todo el mundo habla de la jornada del Martes Santo al revés, y parece fácil escribir la crónica haciendo algún que otro juego de palabras curioso, y hablando de esto y de lo otro. Pero este Martes Santo nada ha sucedido al revés. Sevilla lo pone todo al derecho sobre la marcha. Se podría contar de otro modo, con muchas florituras. Pero esta es la pura verdad.

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