Qué calor en este Miércoles Santo. Calor de la mala, de la pegajosa. «Esperemos que mañana [por hoy], Jueves Santo, corra una mijita de brisa», decía una señora apalancada en un semáforo de la Puerta Osario y con pinta de enfilar el centro. En realidad, para dar con el tiempo adecuado en Semana Santa, para encontrar ese punto de consenso que aprobarían todos los cofrades habría que contratar los servicios de los científicos de, por lo menos, la Nasa. Soleadito por la mañana, pero con brisita agradable, no excesivamente fresca, un puñado de nubecitas pero que no manchen demasiado el azul. Y así. La Semana Santa, con calor, con rasca o sin ella, es de todas formas más democrática que la Feria de Abril. Lo comprobamos ayer mismo. Al tieso le cuesta menos aparentar serlo algo menos un Miércoles Santo (por poner un día) que un miércoles en el Real.

Vamos, que son las tres y media de la tarde en una calle Feria en la que el dios Helios despliega toda su furia. Pasa el Carmen Doloroso y una pareja, en la treintena, permanece impávida pese a llevar corbata al cuello y tacones con menos estabilidad que la Anaconda de Isla Mágica. Pero hacen como si nada. Nobleza obliga. Las criaturas han llegado a lomos del 25, ese corcel de Tussam que viene de Rochelambert. Y entre Cristo y Virgen sacan un paquete de gusanitos que, por el mal color que gastan, parece que han venido en patera desde Kirguizistán.

La gente mundana vive esta semana con sus devociones y su bocadillo liado en papel de plata. Ha sido así toda la vida de Dios. Pero siempre caben innovaciones que hacen más llevadera la tiesura. O a ver cómo se explica que ayer a las seis, con un río de nazarenos de San Bernardo atravesando la Plaza del Salvador, los de Patatas Queen tuvieran una cola que ni la Macarena un domingo de Cuaresma. Qué manera de calmar la apetencia tienen esas patatas empapaditas de aceite y con sus salsas dándole barniz. Es el magnético poder de la fritanga. También del glutamato monosódico y del aceite de palma. Pero eso son otras cuitas del comer.

El domingo dábamos cuenta en estas páginas de cómo el público de la carrera oficial había decidido guarecerse de la pelusilla del relente apenas se marchó la Virgen de la Estrella de la Campana. Son las cosas de tener la cartera bien calentita con su bufanda y todo. Ayer, en cambio, observamos otro fenómeno. Estan los pasos de público que atraviesan la carrera oficial en un sentido y otro. Sí. Y están también los que se apalancan, los que se dejan de ir, los que casualmente quieren cruzar Sierpes cuando la Virgen de la Piedad del Baratillo va a pasar. Es una forma de ser tieso y más listo que Briján. Hay cofrades que incluso ya han hecho de esto una forma de vida. «Somos pasilleros, nos quedamos aquí, en Francisco Bruna, en la cuestecita que va al Salvador, traemos neveras camufladas, nos apalancamos donde podemos y cada vez que va a pasar una procesión nos arrimamos para cruzar al otro lado». Lo explicaba Maximiliano. Que hay que llamarse Maximiliano para ser capaz de vivir estas aventuras. Tiene 27 años y lleva los últimos dos con el mismo modus operandi. Ha sumado a su novia, a sus amigos y asegura que conoce a más pasilleros, como él se llama a sí mismo. «Los polis que vigilan ya nos tienen un poco calados pero como de momento somos pocos no nos dicen nada… como esto se extienda mal vamos, no lo cuentes», dice.

En esta radiografía del …y no morir en el intento también haremos escala en el celebérrimo Rincón del Gourmet, esa quinta planta del Corte Inglés que democratiza a todo quisqui gracias al café con leche, al manchado o al larguito de café, que tanto da. Porque allí a uno le hacen sentir como si fuera de parné; con sus sofás mulliditos y su iluminación de caché. Puede que llevarse a casa, para la cena, después de ver Los Panaderos, una latita de habichuelas ecológicas de la huerta ilicitana cueste la friolera de 12 euros, pero el café, hombre el café no sube de dos euritos. Y como lugar de pausa cofrade es imperdible.

Es que para abrevar Sevilla no tiene competencia. Somos los reyes de la pausa, del echar el ratito, del ir a ver algo como excusa para poner a trabajar el gañote. Como los señores y señoras que van a la ópera porque el pinchito de tortilla del Maestranza tiene un no se qué especial. Igual. Los bajos del río Guadalquivir, a la vera del Puente de Triana, se llenaban ayer tarde de hippies urticados por el olor a incienso y de cofrades con alma de hippies urticados. Porque a los capillitas de verdad, en un Miércoles Santo como el de ayer no se les ocurre irse a la orilla del río; no hombre no. Mucho menos al Parque del Alamillo. El auténtico, el fetén, lo que hace es comprarse unas garrapiñadas o un vasito de chufa, incluso una tejoleta de coco en uno de los puestos que hay instalados en la Puerta Jerez. Sí, esos con luces tan intensas de neón blanco que cuando los miras y parpadeas ya no sabes si estás en Sevilla o en Cuenca. Porque además comprar un algodón dulce o incluso un mundano vasito de altramuces tiene mucha sevillanía. Es como estar en misa y repicando. Exactamente lo mismo. Es estar pensando en que acabas de ver al Cristo de Burgos y que dentro de quince días te vas a subir a la noria, porque se lo prometiste el año paso a tu cuñado, el de Brenes, y ahora te arrepientes mientras te encomiendas a María Santísima de Regla.

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