Sonó Dolores de Soledad y se obró el milagro. La primera dolorosa bajo palio salió a la calle en la provincia de Sevilla. Y Alcalá del Río abrió así su Semana Santa, que ha dado comienzo con la Bajada de la Virgen de la Soledad. Una procesión de regusto y sabor añejo, que volvió a despertar admiración por su aire romántico.

Tiene Alcalá del Río tres viernes soñados. El primero de esta trilogía renovó anoche los ritos de una Cuaresma que ya se escapa en este final anticipado. Trasladaba la hermandad de la Soledad a su titular a la parroquia de la Asunción para celebrar su Septenario. Procesión que, como el citado culto, existe al menos desde 1812. Pero con la que el tiempo y las modas no han podido. Como las mujeres que las precedieron, soleanas de toda edad componían un cortejo con hachetas de orfebrería en mano –los cirios de bajar y subir– alumbrando el camino de la Virgen, desde su Capilla de San Gregorio hasta la iglesia.

Daban las diez de la noche en la espadaña de la antigua ermita, culminando la espera nerviosa entre tanta lluvia de estos días de víspera. Salió la Virgen de la Soledad y el tiempo pareció haber viajado al pasado en la visión de un momento único.

Por supuesto, por Ella. La Dolorosa del Viernes Santo. Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad Coronada, imagen anónima del siglo XVI, venerada en el pueblo y en gran parte de la comarca. Y por el paso de palio. De cajón, negro, con corbatas en sus esquinas y sustentado por ocho varales. Una reliquia del siglo XVIII, aderezado con bordados de las hermanas Antúnez del XIX, que supone una delicia para el arte y los sentidos. Stabat Mater Dolorosa Iuxta Crucem Lacrimosa, recita en letras de plata el interior del palio en cada mecida. El primer latín que muchos soleanos y alcalareños han aprendido, embelesados con la Virgen en su Bajada.

Candelabros de brazos, con tulipas, cera alta y fina. Faroles de plata, flores de talco y jarras con calas, esas flores que antaño se mimaban en los patios de los soleanos. Y en sendas maniguetas, soleanos de hábito nazareno, fajín de esparto, peto de terciopelo y gola de encaje al cuello, portando a hombros a su amada Reina. La tradicional forma de llevar los pasos que la Soledad conserva aún en sus traslados. Elegidos el Miércoles de Ceniza, los nazarenos fueron marcando el ritmo de esta procesión con un andar único.

La Virgen de la Soledad abre la Semana Santa, en el que es un momento clave en el calendario cofrade sevillano. Nunca han faltado quien venía a la provincia como quien viaja al pasado a encontrarse con formas de antaño. Y como en un tarro de preciadas esencias, el pueblo las conserva en la hermandad de la Soledad, que las libera con gusto y cuidado en tradiciones como esta.

Por centenares abarrotaban ayer las aceras para contemplar esta singular procesión. Pero no por eso la Bajada perdió sus medidas. Son siglos llevando a cabo lo mismo, un traslado revestido de gusto y mesura para bajar a la Virgen a la parroquia. Esta se sitúa en una cota inferior a la capilla, por eso la Virgen baja a la iglesia. Y lo hace del mismo modo invariado que lo ha hecho siempre. Arropada por el mismo gentío que ayer, delante y detrás de su palio, la acompañaba.

Con la cadencia que le dan sus nazarenos, el paso fue avanzando por el recorrido, con los sones de la banda de la hermandad. Dos horas de traslado, en un tiempo detenido por las céntricas calles de un pueblo de estreno. Solo faltó el azahar para dar la bienvenida a esta primavera soleana.

Pasada la medianoche, la Virgen de la Soledad llegó a la parroquia. Tras siete días de cultos –con función y devoto besamanos el Viernes de Dolores– volverá a salir el Domingo de Ramos, en idéntica procesión pero en sentido inverso, para subir a la Capilla. Y de nuevo el pasado volverá para llevar en volandas a la Soledad. Porque en Alcalá del Río, para venerar a la Virgen, el tiempo parece que se ha detenido.

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