Incluso en la Semana Santa de esta ciudad, blindada y sublimada emocionalmente por toda clase de versos, crónicas y pregones, hay cosas que son verdad de la buena y otras que no pasan de la categoría de trola gorda. Este Domingo de Resurrección, una vez más, la estela de sencillez, de autenticidad y de belleza desmedidas de la Virgen de la Aurora, mirando a la cara a Sevilla, dejaba en ridículo todos los excesos previos, todo el postureo y toda la vanagloria, todos los arranques de soberbia y todos los ejercicios de vanidad –que cada cual le ponga a estas casuísticas los nombres que le dicte su corazón, a la luz de lo visto y lo vivido–, para recordar de la más diáfana manera de qué trata todo esto. Sucedía en una mañana que térmicamente devolvía a los paisanos a los escalofríos del pleno invierno, pero donde el eco helado y espacioso de los repiques de la Giralda, oídos desde la calle Cuna en el más calmoso de los despertares, hacía pensar en los aromas, los sonidos y los calores del Corpus hispalense. Es en ese término medio donde se coloca el colofón de los ritos pascuales según la calle, donde la imagen del Cristo pletórico de Buiza, despidiendo brillos dorados y cornetazos festivos, restauraba el estado habitual de alegría sin el que la primavera de esta ciudad carecería de sentido.

Desde los primeros momentos, con la salida de Santa Marina y las revirás iniciales hasta ponerse en suerte ante la capilla de Montesión para el correspondiente saludo, se notó que el público que el año pasado desbordara todas las previsiones había venido para quedarse. A partir de ese momento, y más fehacientemente desde que la cofradía dejó atrás Amor de Dios para enfilar por Trajano rumbo a la Carrera Oficial, miles de paisanos (y no pocos forasteros) ciñeron los flancos del desfile para escoltar a la procesión hasta ese multitudinario saludo oficial que Sevilla le brindó en la Campana, otrora tan desvalida de luz y de gente y testimonio, desde el año pasado, de cómo responde la ciudadanía ante las cosas bien hechas.

En justa correspondencia con tanta y tan rotunda verdad, el cielo se puso azul sin más cuento, y solo las estelas vaporosas de los aviones que se llevaban a los turistas dejaban su trama más como un bordado de manto que como una herida que lo afeara. Pero para mantos y para azules, los que envolvían por doquier a la Virgen de la Aurora, esa madre alegre y ya sin llanto que daba ejemplo de color, con sus mejillas, a las rosas y los jacintos enganchados a la plata. Y eso, que ya era así de impresionante al alba, se dislocó por completo cuando el recorrido de regreso, entre el pasillo formado por esa guardia pretoriana de la primavera sevillana que son los naranjos vestidos de gala, la puso bajo un solazo inconfundiblemente dominguero que andaba proclamando, como la propia cofradía, que toca alegría, por fin. Que toca alegría.

Repartiendo cientos de caramelos, estampas, postales y muchísimas pulseras de la hermandad, los nazarenos blancos contribuyeron con su estampa a ese clamor. Los chiquillos aprovechaban para rematar sus bolones de cera con este último baño blanquecino y los extranjeros que recibían algún obsequio de uno de esos cofrades con antifaz lo festejaban como el que obtiene alguna especie de reliquia de su propia experiencia para mostrarla luego, de vuelta a casa. A partir de aquí, la calle General Polavieja volvía a oler a tortillitas de camarones mientras los camareros sacaban los veladores y las comitivas de japoneses, guiados por una chica con sombrilla morada, cuchicheaban con sorpresa al pasear por entre las sillas de la Avenida. Es el no parar de esta ciudad, una de sus grandes verdades, como la tez de su Aurora y sus adioses azules.

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